Un día en las carreras – I –

Es una experiencia, dedicar un rato en la vida al menos, a comprarle ropa interior. Hace mucho, entraba, y cabizbajo murmuraba algunas cosas ininteligibles sobre la talla y la copa del sostén, sin que se notase demasiado que estaba más que avergonzado. Menos mal que luego, follar en sitios públicos o que te la coman cuatro mozas, una tras otra, te va quitando la vergüenza.

No me gusta especialmente el tacto pero me apasiona romper la tela, destrozar las costuras y sentir ese ruidito fino mezclándose con los gemidos cortos previos a que mis manos queden empapadas.Me da igual que sea un corsé, un corpiño o el sostén. Lo que no soporto son los pantys. Su utilidad tienen, pero eliminar de la ecuación el paso del tacto a la piel… Llegaba tarde, raro en mi y entré en la tienda a última hora. Me miró mal, estaba a punto de cerrar la caja y noté como le toqué los cojones. Imaginó que querría algo y no sabía el qué, así que se acercó a mi con cara de pocos amigos. La blusa le quedaba bien.

Intentó ser cortés pero fue en vano. Me quité la bufanda, una larga y oscura que suelo llevar cuando hace demasiado frío y sonreí. Me clavó la mirada y mantuve la sonrisa. Fui al grano. Quiero unas medias, no pantys, medias, repetí, negras con costura atrás. Finas. Su mirada cambió, mi sonrisa no. Se dio la vuelta y se perdió en la trastienda. Mientras, yo echaba un ojo a conjuntos sexys y delicados y otros demasiado horrorosos. Al poco volvió con un muestrario. Fue hablando sobre cada una de los modelos que sacaba pero no le hice demasiado caso, tan solo miraba sus manos entrando en la media, extendiendo los dedos y dejando que observase el entramado de los casi invisibles hilos. Las desechaba con un seco no y evitaba que ella me expusiese lo fabulosa que era tal o cual marca. Sabía lo que buscaba y se dio cuenta.

Volvió a entrar y al volver, e incluso antes de sacar la media, me comentó que esas eran muy caras por no se que historias. Me gustaron, eran las que buscaba. Volví a sonreír y le dije, pruébatelas. Abrió los ojos y la boca como intentando decir algo pero su sorpresa fue tan grande que no supo que decir. Se le debió hacer eterno. Entonces, recogí mi bufanda, rodee mi cuello con ella y di media vuelta y comencé a caminar. Al llegar a la puerta me gritó, ¡espera! Volví a sonreír.

Me acerqué y comprobé como sus mejillas estaban sonrosadas y las manos le temblaban. Probablemente se estaba preguntando que estaba haciendo. Salió del mostrador, fue a la puerta y cerró. Al pasar a mi lado me dijo que esperase un momento. Fue detrás y esperé paciente. Soy paciente, no tengo prisa, las cosas suceden cuando tienen que suceder.

Salió espectacular y temblorosa. Como había asegurado, las medias eran perfectas, la costura en la parte de atrás perfectamente recta, alineada, realzaban sus tobillos y sus gemelos. Caminó un par de veces para que le viese. Se gustó. Me preguntó por qué quería ese tipo de medias. Me apoyé en el mostrador y se lo dije claramente. Son un regalo para mi sumisa y pienso arrancárselas con un cuchillo. No se si se asustó o se excitó. Probablemente ambas. Me preguntó si me gustaban y asentí con la cabeza. No iba a negar la evidencia. Volvió al interior y al rato apareció con otras de color blanco y la linea de un rosa muy tenue. Desee rompérselas al instante.

¿Cómo es eso de ser sumisa? – me dijo mientras se volteaba de puntillas marcando aún más si cabe la costura.

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