La ardiente arena que heló tu sangre – II –

Dentro no había lujo, ni tan siquiera era grande o agradable. Quizá pensaste que dentro estaría una recompensa gozosa y placentera. Pero en el fondo de tu corazón solo deseabas que el árbol solo hubiese sido el comienzo. Lo comprobaste pronto. El agua estaba helada. Te sumergí hasta el cuello y me salpicaste al sorprenderte de su frialdad. Mis manos son aún más frías como muchas otras veces has sentido. El agua se tiñó de rosa, dibujada por la sangre que aún latía de tus heridas. Hundí tu cabeza en el agua y conté. Al principio pataleabas, te resistías. Luego comprendiste que no tenía sentido y te dejaste llevar por la confianza que tenía en ti y tú en mí. El cuerpo se relajó y saqué tu cabeza. Boqueaste, necesitabas aire, respirar, el aliento cálido que inundaba tus pulmones que estaban a punto de estallar y que ardían como nunca. Te aparté el pelo empapado de la cara para mirarte a los ojos. Estabas hermosa.

Me levanté y me senté en una silla con una toalla grande en mi mano. No hizo falta ningún gesto. Saliste del agua como una diosa torturada y te sentaste en mi regazo. Tu cuerpo helado aún desprendía calor. Te envolví en la tela y te sequé despacio, presionando las heridas sacando pequeños gemidos de dolor y placer al mismo tiempo. Me tomé tiempo, disfruté cada paso de mis dedos por tu piel húmeda, fría y herida. Contemplaba mi obra, contemplaba como te alzabas sobre los mortales y te convertías en cuerpo a mí. Solo hacías que sonriese.

Señor. Solo dijiste eso entre temblores. Te levanté y te dejé de pie, envuelta en la toalla mientras encendía el fuego. Te arranqué un gemido al agarrarte del cuello. Que sencillo gesto y que poder transmite. Algo que parece tan irrelevante posibilita una rendición plena y absoluta. No necesitaba eso, solo recordarte quien eres y quien soy. Oíste un tintineo, luego la emoción se apoderó de ti. Los grilletes se cerraron en tus tobillos y en tus muñecas, el peso de la cadena hacía que te costase levantar los brazos. Cuando terminé, ellos llegaron.

El tono azulado de su piel les delató. Entonces el miedo se apoderó de ti por primera vez en tu vida.

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