El círculo virtuoso – I –

Cada cierto tiempo recibo la llamada o el mensaje de alguien que por un motivo u otro está desesperada y necesita sentir como su cuerpo estalla en una mezcla de dolor y placer conjunto. A veces, desconocidas que no sé cómo consiguen contactar conmigo, pero normalmente es alguien que de una manera o de otra conozco y alguien conocido mutuo le ha recomendado que hable conmigo. Laurita es una de ellas. De vista la conocía y alguna vez habíamos coincido dejándome entrever su interés por el bdsm, aunque nunca fue más que eso. Esta vez, quería algo más.

Como siempre en estos casos, me aseguré que realmente quería ir más allá y no era simplemente un ataque repentino de deseo por emular a Sasha Grey. Me lo confirmó con bastante claridad, así que accedí y planeé una sesión para mí divertida y para ella sorprendente.

Laurita tiene el pelo negro y ojos de color caoba, un piercing en la nariz y otro en la lengua. Siempre arreglada y maquillada a la perfección, olía a perfume, ni mucho ni poco, dulce y amargo al mismo tiempo. De sonrisa contenida, seguramente porque se avergonzaba de unos dientes algo descolocados que en realidad le hacían parecer mucho más sexy e interesante. Como muchas mujeres, a veces no se dan cuenta de que sus defectos en realidad para nosotros son virtudes. Vestía con vaqueros ajustados y tacones altísimos, caminando despacio para que pudiesen verla. Cuando se sentó frente a mi, puso las manos sobre sus rodillas y me dijo en voz baja y media sonrisa que estaba nerviosa.

Lo primero que vio es la cuerda, larga y enrollada perfectamente, en el suelo, y otra ya colocada y anudada en la argolla del techo. Al lado, una vara fina de cerezo, perfectamente recta y un grupo de plugs ordenados por tamaño de menor a mayor. Acaricié su mejilla en un intento de tranquilizar su nerviosismo. Aún así temblaba. Le pregunté si estaba segura y que si no lo estaba nos iríamos igual que habíamos venido. Asintió, y me dijo que lo estaba.

Le arranqué de la silla de un tirón de pelo y un fuerte apretón en el cuello. Su cuerpo endeble en esos momentos tuvo intención de forcejear pero la arrastré casi en volandas hasta colocarnos frente a un espejo grande. El hecho de que utilice el espejo en lugar de hacerlo frente a frente es por la necesidad de que ella mire su cara y se establezca una mezcla de miedo y deseo irrefrenable a partes iguales. Me puse a su espalda sin dejar de soltarle el cuello, en sus ojos, sorpresa por como había cambiado todo, del sosiego y la calma a el torbellino de emociones en el que se encontraba. Acerqué mi boca a su oído y sin dejar de mirar a sus ojos a través del espejo le fui contando una a una las cosas que le iba a hacer. Temblaba, era lógico. Se estremeció intensamente cuando le dije que no pensaba utilizar ningún tipo de lubricante para los plugs, así que sería mejor que se mojase lo mejor que supiese porque de lo contrario le iba a doler.

Cuando su mirada se entregó y algunas lágrimas cayeron por sus mejillas intuí que quizá estaba siendo algo duro con ella y esperé oír la palabra de seguridad que habíamos acordado. Entonces dijo, más.

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