La escalera

Se había mudado hacía poco, nueva vida, nuevo entorno. El descubrimiento de la vida inesperada se enfrentaba a ella. Como parte de esta nueva aventura, se había ido a vivir a un sitio céntrico pero apartado de lo tumultuoso de la urbe y su vida diurna y nocturna. En las pocas semanas que llevaba allí, mientras subía y bajaba las escaleras se topaba con sus vecinos, algunos de ellos de su misma edad y como había comprobado de sus mismos gustos. Todo era alegría en aquellos rellanos y la algarabía desembocaba en conversaciones e invitaciones a cafés para empezar. Ella era bien parecida, con el pelo algo rojizo sobre un castaño ondulante que se mecía por los trotes que las escaleras provocaban en el regocijo del cabellos deslizándose sobre los hombros, delgada y esbelta. Se sentía orgullosa de su figura curvilínea que se amoldaba a las esquinas y rincones del edificio. De ojos generosos y de un marrón casi líquido, pestañeaba más de lo habitual, dejando que los párpados abanicasen el aire y lo mezclase con el rimel que perfilaba su mirada. Conocía a todos, tenía don de gentes y su sonrisa descarada y brutal ayudaba. Conocía a todos excepto a quién vivía frente a ella. Sabía que era un hombre, silencioso como había comprobado, discreto por sus ausencias y porque casi nadie en las escaleras pudo decirle mucho más. Su intriga a veces le hacía girar la cabeza cuando abría su puerta esperando que aquella vez pudiese toparse con él. La imaginación le hacía volar muy rápido y alto pero siempre terminaba pensando que sería un hombre cualquiera sin nada que merecer. Entonces cerraba la puerta tras de sí y volvía a sus quehaceres.

Conocía las casas de sus vecinos y de sus vecinas, lo sabía ya todo sobre ellos y lo que en un principio parecía estimulante y excitante, poco a poco se fue convirtiendo en mera rutina y sobre todo en un infranqueable muro de incomprensión. En las noches más resacosas terminaba discutiendo y experimentando aquello que detestaba pero que no entendía de la forma correcta. Se abalanzaban sobre su incomprensión y le aleccionaban de que en aquel edificio las cosas eran, son y serán siempre así. Por eso, su vecino era un incomprendido. Se lo dibujaron como un paria, pero eso a ella no le asustó, al contrario, se sintió tentada a romper con todas sus reglas o las que le habían enseñado y aporrear su puerta hasta que le abriese. Dudó. Pero al final se quedó con ellos, aceptando que quizá ella estaba equivocada en todo. A fin de cuentas, esa escalera no se diferenciaba mucho de otras en las que había convivido.

Al terminar, subió a saltos hacia su casa, pesarosa y mirando al suelo. Se paró al escuchar unos pasos, ligeros pero firmes que avanzaban hacia ella. La tarima del suelo crujía de manera especial. Unas botas se pararon frente a ella. Levantó la mirada, asustada y le vio. Impasible, sonrió y ella quedó inmóvil. Se hizo a un lado y su hombro rozó su cabeza. A esa altura, se paró y él le miro sin dejar de sonreír. No des demasiada importancia a lo que te han dicho, no sobre mí, que me es indiferente, sino sobre ti. Si cada vez que has deseado llamar a mi puerta lo hubieses hecho, te hubieses ahorrado pensarlo otras tantas veces. La próxima vez, hazlo. Tu libertad de acción solo será relegada a la propia esclavitud de tus deseos.

Y como llegó, se fue.

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