Los buenos días de Meiko

Le gustaba despertarse entre lo armónico de sus susurros y el roce de la piel sobre la espalda. Notó los pezones duros bajo la ropa y sonrió. Cuando se giró, allí estaba, hermosa como siempre, sonriente y complaciente. Sylvie se apartó y señaló hacia los pies de la cama. La luz a esas horas ya lo completaba todo e iluminaba el pequeño cuerpo de Meiko con las manos tendidas hacia delante, ofreciendo y ofrecida, la cabeza gacha, el pelo perfectamente peinado, figura esbelta y pechos firmes, pubis rasurado y el piercing decorando el ombligo del que no cayó en cuenta por la noche. En su cuello un collar del que sobresalía una cadena que llegaba hasta la mano de Sylvie. Se incorporó y miró los ojos vivos color canela de ella. He tardado mucho en encontrarla, le dijo, mucho en eseñarle qué es lo que eres, quíen eres y lo que vas a hacer por ella y con ella. Ahora es tuya, lo sabes, es mi regalo.

Le dio la cadena y besó sus manos. Después de unos segundos le preguntó si recordaba su nombre. Ella, sin dejar de mirar al suelo le dijo que si, y el nombre de Meiko fue como un suave susurro que alborotó las entrañas de Sylvie. Ambos contemplaron como ella se sentía orgullosa de su nuevo nombre. Se levantó, desnudo, y agarró a Sylvie por el pelo, tirando de él hasta que derribó su cuerpo sobre la cama. Meiko, ve a por café, le dijo sin apenas mirarla.

Cuando salió de la habitación una bofetada cortante hizo temblar los pechos de Sylvie. La voz ronca, sinuosa, afilada, se clavó hiriente en lo más hondo de sus entrañas. Nunca vuelvas a colocar a nadie en tu sitio. Sylvie no entendió muy bien lo que quería decirle pero otra bofetada hizo que su concentración se avivase. Los pies de la cama, prosiguió, es tu lugar, es tu santuario y nadie podrá profanarlo jamás. Si eso ocurre, significará que ya no estarás a mi lado. Ahora le temblaban las piernas y unas lágrimas asomaron tímidas pero él las enjugó con delicadeza. Meiko podrá estar en cualquier otro lugar, un rincón, a tu lado, donde te plazca, pero nunca estará ni ocupará tu lugar, sentenció finalmente.

Ella estaba confusa pero entendió lo que le decía. Con la mirada le pidió permiso para hablar. Sabía que en esas situaciones, pronunciar una palabra inesperada provocaría su ira. La sonrisa fue el preámbulo para su sentencia. Pensé que hacía lo correcto. Agarró y apretó su cuello, con lentitud dolorosa, la mirada fija, intensa y agresiva, sin embargo su voz fue pausada. Eres mi sumisa, es algo que no quiero cambiar, me completas, me llenas, me emociona sentirte así. Meiko puede participar en tus juegos o en los míos, pero no la someteré ni la haré mía y quiero que eso lo entiendas y que no te suponga una duda ni una afrenta. Ambos disfrutaremos al igual que ella, pero nunca te suplirá, ni siquiera podrá ser una igual.

La presión cedió y ella comprendió su error y sintió desprecio por haberlo pensado sin siquiera darse cuenta de que el hecho de que pudiese someterla junto a ella era ahora mucho más doloroso que cualquier castigo. Volvió a llorar pidiendo perdón y él de nuevo, desplazó las lágrimas hacia su cabello. Dejó caer su cuerpo sobre el de ella y besó sus labios con suavidad al mismo tiempo que Meiko entraba con el humeante café, arrodillándose ante él. Sylvie ahora no se arrodilló y le rodeó la cintura con el brazo. Antes del café, dijo él, deleitadme con un desayuno en condiciones.

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