El frío y el calor

Era una mujer de contrastes. Siempre lo había sido, la sensaciones encontradas le apasionaban tanto que no tenía reparos en buscarlas allá donde pudiese hacerse con ellas. Él lo sabía, él conocía todo su ser y ella, estaba entregada a eso. Todo aquello lo pensaba mientras sentía las cuerdas deslizarse por sus muñecas, tensándose, inmovilizando sus músculos y tendones. Los brazos abiertos y estirados se sentían cómodos sobre las sábanas de látex. Las piernas se abrieron de la misma manera, y las cuerdas, como antes, acariciaron con parsimonia los tobillos, pero esta vez, no hubo tensión. Entonces, él levantó sus caderas, tanto que sus piernas pudieron flexionarse sin dificultad. Bajo ellas, sintió un soporte y dejó caer el cuerpo hasta que reposó completamente.

Él sonrió, como siempre hacia cuando su mente maquinaba alguna de sus perversiones y eso a ella le producía un incendio devastador en sus entrañas. A esas alturas, su sexo ya hinchado, latía lleno de vida y de deseo y su piel, estaba preparada para lo que hubiese dispuesto. Desaparecío unos segundos y volvió con dos recipientes metálicos, cerrados y voluminosos. La impaciencia y el deseo peleaban entre sí para dilucidar una victoria inmerecida. Abrió el primero, humeaba. Se asustó. Él lo supo de inmediato y sin dejarle pensar, volcó parte del contenido sobre su coño. El líquido blanco ardía y se deslizaba e introducía dentro de su vagina, regando por completo el interior. El calor solo conseguía que los labios se abriesen como una flor al recibir los rayos calidos del sol. El resto del líquido ya empapaba su culo y tenía el mismo efecto en su ano, que sin apenas darse cuenta, dilataba como si tuviese un plug en su interior. El resto, formaba meandros mientras se acercaba a sus tetas, temblorosas de placer.

La risa ronca le sacó de su levitación sensorial y se estremeció al sentir la lengua abrirse paso en su coño, sintiendo la barba espesa y suave entre las ingles y su ano. Se corrió sin previo aviso, mezclando su flujo con el líquido. Oía como se relamía y gruñía ligeramente, los pezones estaban ya tan duros que un simple roce le hubiese precipitado el orgasmo. No fue necesario, la lengua y los dientes mordisqueando el clítoris fueron más que suficientes. Cuando aún sentía las descargas en el interior de su coño del orgasmo previo y seguía con los ojos cerrados, sintió el frío devastador circular por el mismo lugar que antes estaba inundado de un calor abrasador. Su coño se llenó de frío, los labios se contrajeron y la piel se estiró tanto, que el dolor punzó en su espalda. De nuevo la lengua y los dientes actuaron, en un orden majestuoso convirtiendo ese frío en una oleada de intenso calor.

Otra vez el calor y luego el frío para dar paso de nuevo al calor que dilataba y abría sus agujeros, una y otra vez, contrastados con un frío gélido, y otra vez, y vuelta al calor, otra vez, y otra vez. Dos horas más tarde, cuando ya había perdido el orden y el sentido de todos los orgasmos, cuando sus muñecas desolladas por los tirones que las cuerdas producían en cada estremecimiento, le sintió dentro, profundo y grandioso, calculando cada movimiento, entrando centímetro a centimetro y llevando el líquido a todos los rincones de su ser. Él agarró sus tetas y se derrumbó sobre ellas, como un titán derrotado, envuelto en gruñidos de satisfacción y poder y clavando los dientes en los pezones como si fueran los últimos estertores de su vida. La explosión hizo que reviviese, las contracciones y los espasmos se coordinaron y formaron una armonía sincopada, hasta que su peso , rendido, se convirtió en lo liviano porque ambos flotaron sobre el líquido, a la deriva de sus sensaciones. Sonrieron.

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