El navegante y su mar

No era marino, pero cada día, se hacía a la mar. Sentía las manos ásperas del tiempo asomarse cada amanecer a su ventana y como cada día, de manera rutinaria enjugaba los ojos aún húmedos de la galerna de la noche anterior. Cada amanecer, el mar, limpio, luminoso, azul y absoluto le saludaba, y él solo veía que estaba allí. Se desperezaba con lentitud sin dejar de mirar por esa ventana tan cercana a la propia vida, como el mar reclamaba su vida y el misterio de sus conocimientos. Durante el día, mientras el sol circunvalaba el cielo azulado, se sumergía en las aguas revueltas y llenas de pasión, llenas de tesoros que simplemente se hacían visibles. Algunas veces, luchaba contra gigantes marinos desproporcionados que vencía a base de tesón, persevarancia e incluso golpes. Con el paso de los días, los gigantes se hacían más pequeños hasta que la mansedumbre se apoderaba de ellos y simplemente le acompañaban en su singladura diaria.

En ocasiones, se sumergía con sus cuerdas, buceando sin descanso, aguantando la respiración y anudando con precisión los resortes violentos de la bravura incontrolada, hasta que conseguía inmovilizar todo ese caudal de deseo. Cuando volvía a la superficie se daba cuenta que allí siempre había paz y solo en lo más profundo encontraba resistencia. Cada vez menos se decía, cada vez menos. De vez en cuando, despertaba al Kraken y ni sus cuerdas ni su fuerza eran capaz de someterlo. Era cuando se dejaba llevar, abría los brazos y rodeaba aquella violenta fiera hasta apaciguarla tan solo con susurros convirtiéndolo en una lluvia de lágrimas que devolvía la calma a la superficie del mar.

Cuando, en la orilla, lo sentía en sus pies, empapando el sustento de su valentía, se daba cuenta de la grandeza y lo maravilloso de aquella simbiosis que podría ser eterna. Las olas mecían sus deseos y los llevaban hasta sus pies donde él, los recogía y los elevaba, los moldeaba hasta hacerlos casi perfectos o eso deseaba creer. Poco a poco se adentraba, y salía, se sumergía y lo respiraba. Con los dedos y con una rodilla en tierra, acariciaba la arena húmeda, desde el cuello, pasando por entre los pechos, reflejo luminoso de Helios y que hacían sombra al mismísimo Monte Olimpo. Los dedos terminaban de nuevo en el mar, angosto y cálido como siempre que jugaba en él.

Parpadeó, el mar se aclaró, la ventana a su mundo seguía abierta y allí seguía él. Comenzaba un nuevo día, una singladura distinta pero igual, soltando los amarres que le anclaban al puerto de sus ojos, inmensamente azules. El olor a sal les delató y el beso del mar rompió en la orilla de sus labios como las cuerdas en sus muñecas y las manos en su piel.

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