Los nudos que atan tu piel

Me miraba las manos y no comprendía como podía conseguir aquello. El tiempo me lo dio, y ella me permitió concebir en su cuerpo el esplendor de la belleza que recreo cada instante en su piel. Me gustaba hablar con ella, como si fuese una principiante en cualquier aspecto de la vida, los dos, solos en aquellos momentos, donde los silencios de antaño se convertían en fluidas ráfagas de iniciación, de presión, de sesgo y rasgadura. Mi boca hablaba y ella escuchaba, mis cuerdas mantenían el soliloquio de mis pensamientos en una tensión superficial que convertía cada instante en una sensación de cercanía indescriptible. Mientras, la cuerda se deslizaba. El calor de su piel y la flexión de sus articulaciones, me contaban cuentos hermosos y eso me hacía sonreír.

El pelo, aroma a hierba recién cortada, palpitaba con cautela sobre el entramado de la cuerda y yo lo apartaba, impregnando el aire y mis dedos de aquel frescor que me hacía sentir joven y pleno de satisfacción vital. A veces se enredaba, a propósito, y el tirón, sin querer, demostraba que tenía más tensión que la propia cuerda. Entonces los nudos, nudillos gemelos de mis puños, se ordenaban, uno a uno, alcanzando el cenit de aquella trama de la que no podía escapar y ella, se sentía atrapada. Se sorprendía siempre de la inmovilidad flexible a la que le sometía, de como la sensación de incomidad e insatisfacción por sentirse despojada de la libertad de los movimientos corporales se convertía a cada segundo en una calma que le proporcionaba un placer inmenso.

Introducía los dedos entre las cuerdas para agarrar los nudos, apretándolos entre mis puños, transmitiendo una energía invisible mientras le hablaba en susurros, algo que a ella le parecía sorprendentemente erótico. La complicidad se convertia en un axioma, aquel que desde el principio yo atisbé y ella con desdén nego entre la risa y el desconocimiento. No había nada espiritual, nada trascendental. Tan solo eran mis manos anclando el tiempo a su cuerpo, usando los nudos para enlazarla a mi propia existencia, usando los nudos que ataban su piel mientras el suelo hacía rato que recogía los frutos de aquello, elixir líquido, prueba de vida.

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