Antigüedades

El barniz tiznaba sus dedos mientras acariciaba la madera ahora lustrosa. Sentía la suavidad de la madera, su calidez, como había envejecido desde aquel frescor artesano de sus vetas juveniles. Ahora, incluso después de esa fina capa de color oscuro, notaba las grietas de sus ensoñaciones y recuerdos como si los hubiese tendido al sol para que la brisa suave los secase. Percibía cada surco que él había construido, cada recoveco que había horadado en la madera y como el artesano que era, sollozaba por dentro cuando se desprendía de aquel tacto. Cuando apartó la mirada vio como ella la perdía a través de la ventana. Hermosa como siempre y con el cabello ondulado sobre la cara, dejaba que los rayos del sol tostasen las lágrimas que recorrían sus mejillas. Sin darse cuenta se vio a su lado, acariciando su cuello y notando como instantes antes, las mismas marcas recorrían su piel, aún joven pero curtida como el cuero más duro y refinado. Esa mezcla de dureza y suavidad, de sencillez y alarmante complejidad mientras las yemas levantaban el vello en un hermoso baile del tacto etéreo.

Se giró y le abrazó como nunca. Él no supo qué hacer. Siempre sentía cierta incomodidad cuando era ella la que de alguna manera tomaba el control que a él tanto bien le hacía. Le costaba relajarse y cederle parte de esa decisión, pero aún así, lo hacía. Sintió los latidos cuando sus pechos entraron en un cataclismo de percusión acelerada y el calor, aquel calor que ella emanaba siempre, perfumado y dulce, cítrico, madera, jabón que se mezclaba con el sudor de su cuerpo que ella respiraba profundamente pegando su nariz al comienzo de su cuello. Pasaba las manos por debajo de la camiseta arañando con delicadeza la espalda fortalecida y los hombros poderosos en los que ella siempre se sintió protegida y arropada. Sentía a veces que cuanto más tiempo pasaba junto a él mas dentro estaba pero menos le conocía y en el fondo no sabía si quería hacerlo.

Era en esos abrazos infinitos de tiempo cuando sus sexos empezaban a latir al mismo ritmo que sus corazones, cuando las respiraciones se hacían majestuosas y los músculos de él apresaban con furia los frágiles huesos de ella. Era entonces cuando ambos se convertían en lo que realmente eran, unas bestias que solo deseaban amarse y destruirse, por dentro y por fuera. La ropa volaba y los dientes se clavaban en la carne débil crujiendo como ramas pisadas por gigantes. La violencia con la que él mancillaba su cuerpo desde fuera podría verse como inapropiada pero ella, caía en un pozo de placer infinito del que nunca deseaba salir, y cuanto más presión y más dolor le producía, más abajo caía y más feliz se sentía. No había nada como aquello y todo lo demás quedaba en un segundo plano. Podían más aquellas lágrimas de dolor y placer que las de la tristeza. Cuando tocaba fondo, se abría de nuevo el infierno al sentir el cinturón en su piel, las varas, o cualquier objeto que fuese capaz de utilizar para malcriar su piel y sus músculos y por cada golpe, se escapaba un gemido y un gracias por la comisura de su boca, mezclándose con el sudor, la madera, los cítricos y el jabón.

Nunca terminaba o al menos eso le parecía sin embargo, cuando el explotaba, entre gruñidos de sofoco y satisfacción, dejaba caer su enorme cuerpo sobre el de ella, todavía debilitado por lo agreste de sus punzadas de amor. Entonces las respiraciones se acompasaban, bailaban juntos, en silencio como un planeta y su satélite, bajo la mirada de todas las estrellas del universo, sin que dijesen nada, ni unos ni otros. El tiempo nunca se detenía. Ella se vistió, dolorida y plena, le besó las manos y arrodillada apoyó la cabeza en su barbilla. No se volverían a ver en mucho tiempo, tampoco volverían a hablar. Tan solo esperarían la señal de la violenta tormenta que destruía cada día su interior para volver a sentirse completos. Cada día eran más viejos, se sentían antigüedades escondidas en alguna tienda, perdidas de la mano de dios. Entonces ambos sonrieron porque ellos eran los dioses.

 

Wednesday

 

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