Herida perpetua

Seguía sentada, como las horas anteriores, con la mirada perdida, el rostro aún perplejo y con su mente convulsionada. Tan rápido como apareció, se fue. Siempre pensó que quizá algún día se acabase, que se cansase, que perdiese el interés, incluso cuando veía que cada día todo aquello se reforzaba y sentía que los cimientos que tenía bajo sus pies eran tan robustos, que muchas veces se sentía inamovible. Nunca imaginó aquel desenlace, más doloroso de lo que había sentido jamás. Se miraba, aún con las lagrimas recorriendo su rostro, inconsolable por dentro pero pragmática por fuera. Eso le había enseñado. Miró su brazo y el torrente de recuerdos se precipitó desde su memoria hasta el llanto.

El cuchillo cortó con precisión su antebrazo, un corte limpio, pequeño y sanguinolento. Casi no dolió, y mientras la sangre peleaba por salir ganando aquella batalla, él hablaba. Es un recordatorio, no solo del dolor, éste a veces varía su intensidad, lo físico se controla, es el ancla que nos deja ser conscientes de nuestro entorno y sus peligros. Hay dolores más aterradores y todos ellos están en nuestro interior. Después, sonrió. No entendió lo que quiso decirle. Después limpió el corte, lo curó y lo cubrió. Al día siguiente, le quitó el apósito, minúsculo, y abrió la herida casi cicatrizada. La sangre volvió a manar. Esta vez dolió más que el propio corte en sí.

El desgarro es más doloroso que el corte, le dijo, pero aún así, ese dolor, se puede controlar, incluso disfrutar. El desgarro del alma no puede curarse, no hay nada que amalgame la estructura de nuestros deseos y pasiones. Es imposible, por eso, la calma, el perdón, pero también la intolerancia y la violencia determinan nuestra disposición a avanzar. Volvió a limpiar y curar la herida para terminar cubriéndola de nuevo.

Así hizo cada día en los siguientes cinco años, con esa constancia que reafirmaban sus deseos de estar a su lado, a sus pies, manteniendo y soportando como unas columnas dóricas aquel panteón de crudeza y sabiduría. Esa rutina, entre otras muchas, hicieron que su camino no se desviase, era recto y firme, soleado y tenebroso al mismo tiempo, pero ella comprendió que cada día, simplemente alzando la mano, él la recogería y con ese calor frío tan suyo, le mantendría en pie.

Entonces, la llamada destruyó por completo aquel camino, un socavón inconmensurable, negro y eterno, frenó en seco su vida. Era tan increíble, su desaparición, que con solo el pensamiento efímero de no volver a oír su voz, encogió su alma de tal manera, que pensó sería incapaz de encontrar. Aquellos silencios hermosos que una vez llenaron su vida se convirtieron, de repente, en un estruendo ensordecedor de miseria y tristeza. Se dio cuenta de que su muerte le había sumido en aquello que más le aterraba. Se secó las lagrimas con el brazo y notó el apósito que cubría la herida que él mantenía abierta y curaba desde hacía tanto. Lo retiró y observó. ¿Qué iba a hacer ahora? El llanto volvió.

Tan fuerte y tan poderoso, le costaba respirar, le necesitaba tanto y ya no estaba. Cuando recupero cierta cordura y sus ojos se secaron, sintió de golpe, que el vació tenía cierta luz, la luz que él había ido instalando poco a poco en su ánimo, con sus conversaciones, sus gestos, sus castigos, sus disfrutes, sus orgasmos, su ser. Volvió a mirar la herida y la abrió como él había hecho tantas veces, era lo más real que conservaba de aquella vivencia, lo más real en lo físico y en lo mental. Fue cuando recordó unas palabras que ahora eran claras como el agua de un manantial: La unión no está en lo físico ni en lo emocional, sino en los gestos diarios, en los susurros, en los bocados ahogados de los gemidos, en aquello que tú callas y yo descubro, en las sonrisas cortantes o las furtivas. Esta herida, soy yo y yo, siempre estoy.

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