Equilibrio

Escuchaba el sonido de los tacones tras de sí incluso cuando la música empezaba a ser ensordecedora. Por suerte eso no duró demasiado. El perfume iba y venía pero siempre estaba al alcance de la mano, a mi alrededor. Mientras conversaba, observaba como se desenvolvía, segura, sonriente pero no en exceso. De vez en cuando, de reojo me miraba y bajaba la mirada. No sabría decir si me sentía orgulloso por como había cambiado, pero si por como era, sencilla, directa, apasionada. Alguien se acercó, no le conocía, y con el atrevimiento del irresponsable y el temerario  dijo: Menuda perra tienes.

Le miré, sin que mi gesto demostrase desprecio y di un paso atrás para poder observarle. De mediana edad, altura media, algo de barriga e incipiente alopecia. Las ojeras demostraban que dormía poco y mal y los dientes desiguales entristecían el rostro. No te conozco, le dije en voz bastante baja. Eso hizo que se acercase a mí. Me dijo su nombre, no el real claro, el de dominante, muy estiloso y rimbombante. Me hizo sonreír por lo ridículo de las nomenclaturas que se utilizaban para denominarse uno mismo y llenar el buche del ego. No me suenas, le contesté. Y si te refieres a ella, no es una perra. Su cara denotó ofensa pero a mí me importó poco. Continué, cuando habláis de educación, ¿a qué educación os referís exactamente?

Al principio no supo que contestar, posiblemente porque no sabía a que me refería. Te lo aclaro, sería mucho más fácil que te hubieses acercado y me hubieses preguntado si ella venía conmigo. El hecho de que la llames perra y me hagas saber que es mi posesión a mí no me satisface. Mírala bien, no es un objeto excepto cuando debe serlo, esa sonrisa, es suya y crece porque ella alimenta algo que me parece no entiendes. Te hablara de tú porque tú no eres nadie para ella y su respeto es el mío. No tiene nada que ver con posiciones de rol ni de dominancia. Esa sumisa, sea mía o no, es tu igual, por mucho nombre chulo que tengas. Y eso se lo he enseñado yo.

Antes de que terminase y viendo que el tono de voz se había elevado ligeramente, revolotearon a nuestro alrededor algunos acólitos y se armó la mundial. En comandilla y tirando de manual ridículo del bdsm, me expusieron las absurdas tablas de la verdad del amo, ser superior y cuasi infalible basando todo en el artículo 33. Mientras escuchaba atentamente la perorata de aquellos individuos, sentí de nuevo los tacones a mi espalda y una mano rozando mi cadera. Agarré sus dedos y de un ligero tirón se puso a mi lado, a mi altura. Ella ladeó la cabeza y la apoyó en mi hombro sin apartar la mirada de aquellos que sin mucho problema denominaban perras a las sumisas de otros, escupían sin miramiento sobre lo que se denomina relaciones vainillas, como si en ellas no se pudiese descubrir una plenitud sexual real,

Ninguno de vosotros tiene derecho a denominarla perra, si lo hacéis apelando a vuestra supuesta posición dominante simplemente me permito el lujo, bastante barato eso sí, de llamaros ignorantes, pretenciosos y soplapollas. No es un objeto y mucho menos para vosotros, podéis contemplarla y pensar que es una sumisa mal encaminada o educada. Llamadlo como os salga de los cojones, y por eso, nunca entenderéis lo que es. Jugad a vuestro juego de golpearos en el pecho mientras os llamáis caballeros, mientras intercambiáis las sumisas como si fueran cromos. Apartadlas de vuestro lado porque no se merecen vuestro favor, castigadlas sin el sentido de la explicación. Es un juego.

Yo soy un mal dominate, posiblemente, pero soy el mejor dominante que ella tendrá jamás. Besó mi mano, se acercó a mi oído. Gracias mi señor, dijo, pero yo si soy tu perra. Sonreí.

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