El fin del mundo

La lluvia arreciaba sin descanso desde hacía tres días. El oleaje combatía con fiereza contra los firmes acantilados en una batalla que ya duraba centurias y en la que aparentemente no se vislumbraba un ganador. Retumbaba tan fuerte esa furia que casi apagaba el agudo chillido del viento infiltrándose por los pequeños recovecos de las paredes de piedra. La madera crujía con ese llanto previo al colapso y la ruptura. Casi el mismo sonido que sus entrañas proyectaban a diario. Apoyó las manos sobre la pared sorprendentemente cálida, pensó. Fuera, posiblemente la temperatura sería cercana a los cero grados, sin embargo, aquellas piedras proyectaban un calor inusitado. Cerró los ojos y palpó, recordando otros instantes pasados, sintiendo en las yemas de los dedos la rugosidad de la roca, las llagas que unían cada pedazo de roca, y bajo la ropa, su piel se tensó por los recuerdos.

La lejanía no mitigaba ese dolor pero se reconfortaba sabiendo que allí, en su mundo solitario, donde los automatismos de la vida cotidiana le hacían perder la noción del tiempo, el dolor que provocó se iría extinguiendo poco a poco, hasta que la propia historia lo engullese para que el olvido se adueñase de aquellos dominios dolorosos. Imágenes caóticas le venían a la mente, tan certeras como dolorosas, de sangre, piel desollada, acero casi líquido por la pasión y la entrega, de cuerdas larguísimas que se anudaban en los pechos y se deslizaban por su sexo, de saliva formando rientes entre sus manos. Los gritos resonaban en su cabeza cada segundo, casi tan voraces como las rocas partidas por la espuma y el agua del océano. Pero nada aplacaba ese dolor, ni siquiera su sonrisa, que sin darse cuenta empezaba a olvidar. Se dio cuenta de que los dedos se intentaban clavar en la piedra y la sangre de ellos decoró el calor rocoso.

Subió las escaleras antiguas, de caracol delirante en las que cualquiera se pensaría al menos subir. A pasos largos, saltando los escalones que retumbaban bajo sus botas llegó a lo alto, donde la luz brillaba intensamente y se perdía en la oscura lejanía del mar haciendo brillar las gotas de lluvia como si fuesen luciérnagas kamikazes. Pero allí en esos días no había nada, la oscuridad lo ocupaba todo y ni siquiera aquella luz poderosa era capaz de adentrarse más que unos cientos de metros no definiendo absolutamente nada. Entonces un sonido diferente se coló en aquella cacofonía atronadora.

Bajó las escaleras tan rápido como las subió y se paró frente al portón de madera, el límite entre su locura y la locura de los demás. Se tomó su tiempo, renegaba de las incursiones y pocas veces nadie de los alrededores acudía a aquel lugar. Mucho menos con aquel tiempo. Abrió la puerta y su mundo se convulsionó. Bajo la lluvia torrencial, el viento mecía con violencia la gabardina empapada, incapaz de desalojar más agua. El cabello era una prolongación del agua que desde el cielo algún dios inmisericorde dejó caer a sabiendas. Los labios, amoratados por el frío, temblaban junto a la barbilla. Los ojos, tan hermosos como siempre, con esa forma tan curiosa en el lacrimal, brillaban más que la luz que se perdía en el horizonte nocturno.

No supo que decir, tan solo miraba mientras de sus dedos la sangre goteaba abundantemente. Ella se percató, se arrodilló empapando sus rodillas y agarró las manos sangrantes con tanta delicadeza que el resto de los ruidos desaparecieron. Las apretó contra su pecho y las besó con dulzura, mezclando la sangre metálica con la sal de sus lágrimas. La gabardina cayó al suelo desplegando un inmenso mapa de marcas y llantos, un mapa que le enseñaba la vuelta a casa. La casa donde ella se entregaba en cuerpo y alma y él simplemente poseía ese poder inmenso que ella le otorgaba.

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