Nuestra realidad onírica

Quiero agradecer a Sara  la confianza que ha depositado en plasmar bajo sus indicaciones una de las fantasías que desearía llevar a cabo su dominante, al menos en la ficción. Hace unos días se puso en contacto conmigo para que trasladase estos deseos y este es el resultado. Advierto que es bastante más largo de lo habitual y tanto la temática como el lenguaje se salen de mi estilo habitual. Espero que lo disfrutéis como ya lo han hecho Sara y su dominante.

Sara

Sara ya llevaba tiempo disfrutando de como le chuleaba por todo Madrid. Cada vez que salimos gozaba y se restregaba en mí como si el celo no pudiera detenerla. De hecho se estaba convirtiendo en una golfa insaciable.

Esta vez no iba a ser diferente y acomode a mí zorrita en la parte de atrás de mi coche. Muy diligente, se había vestido como le pedí, tacones altos, falda muy corta, medias negras y un liguero de encaje que le compré unos días antes, un corpiño excesivamente apretado y los hombros al aire. Le pedí que se recogiese el pelo y rompiendo una norma, se maquillase mucho, con abundante rímel y las pestañas muy marcadas. Y como siempre, gafas.

Se sentó junto a la ventanilla contraria a la del conductor para que pudiese observar a través del espejo. Al ponerse el cinturón le dije que parase y que se sentase en la parte central. Me obedeció sin decir nada pero su mirada esperaba algo más. Arranqué y nos pusimos en marcha. Durante el trayecto Sara me decía las ganas que tenía de empezar la sesión y que llevaba mucho tiempo esperando ese momento. Yo simplemente sonreía y le tranquilizaba diciendo que lo disfrutaría mucho. El semáforo se puso en rojo y paré. Como había previsto, las puertas del coche se abrieron y entraron dos hombres que se sentaron, uno a cada lado.

Cuando Sara se acomodó en el asiento, la faldita corta que llevaba se subió más de lo debido, vergonzosa, se puso colorada sin poder evitarlo. El coche tenía los cristales tintados de negro y nunca había montado en uno así. Los dos tenían pinta de no ser de aquí, altos, grandes y fuertes. Mentón muy marcado…Uno de ellos miró y subió su falda otra vez, más allá de lo permitido en una señorita y empezó a masajearle el muslo con la mano, dejando a la vista el precioso liguero de encaje que le había comprado. La mano era muy grande y le asustaba un poco. Empezó primero a tocar el liguero, a agarrarlo y a tirar de él, de repente notó cómo chocaba contra su piel en un estallido. Le miró sorprendida, con su sonrisa de pícara.  Yo no perdía ojo de lo que estaba pasando detrás, observando todas las jugadas por el espejo retrovisor. Los dedos del hombre estaban dentro de de ella, parados, pero empezaron a moverse, el otro, le miraba mientras se sacaba la polla y se acariciaba pero no hacía nada más. Empezó a ponerse más nerviosa porque estaba un poco desconcertada y muy excitada a la vez. Sabía que yo miraba y no me perdía nada de sus evoluciones pero ella empezaba a no comprender nada, entonces uno de ellos atendiendo otra mínima señal, le cogió del cuello y agarró un pañuelo negro, lo puso en sus ojos y la dejo totalmente ciega. Se fue la luz en ese momento y empezó su dulce pesadilla.

Notó que 3 manos se abalanzaron sobre ella, la cuarta estaba en su coño. Empezaron a masajearle con gran cuidado las tetas, sus nalgas, su cabeza… después de la sorpresa, su coño empezó a palpitar de placer, poco a poco se iba contrayendo y expandiendo con más fuerza. Ella iba gimiendo y retorciéndose en el coche, mientras notaba que entrábamos en una zona de curvas y de subida que no supo identificar muy bien.

Entonces hablé.

-Atadla, me está jodiendo con tanto movimiento. Dije.

– ¿Qué? – respondió ella

-No repliques, ahora eres una furcia y te estás calladita si no quieres recibir más. Tapadle la boca, me ha encabronado. Respondió.

Estaba muy enfadado, aunque ella aún no sabía por qué.

Uno de los dos maromos, cogió sus brazos y los ató con un nudo bien realizado, poniéndole a continuación una mordaza. Inmovilización y silencio.

Lo siguiente fue mucho peor o mucho mejor quién sabe, los dos empezaron a retorcerle los pezones y abofetear su cara descompuesta. Notaba las 4 manos en ella, en su cara, en sus pechos, en su estómago. Mientras tanto, oía cómo le llamaban puta con acento eslavo y le tiraban del pelo. Cada vez le gustaba más, cada vez notaba que su excitación aumentaba. De vez en cuando alargaba la mano hacia atrás para tocarle un tobillo, y ella me devolvía el contacto con un toquecito y así se aseguraba de que se encontraba bien.

En un instante concreto, con el coño ya inflamado, le cogieron las dos manos y llevaron cada una a una polla. Entendió al ritmo de una bofetada lo que tenía que hacer. Empezó a meneársela a los dos, notaba que estaban duras, su mano se acercaba a los huevos, que notaba duros y calientes… y ya no oía sus gritos hacia mí, sólo oía gemidos, su respiración acompasada, el motor del coche y John Coltrane sonando de fondo. Uno y otro empezaron a respirar más rápido y noté que sacaba premio cuando reventaron de placer y sus manos y se mojaron con su explosión caliente, la que había sacado de sus huevos.

Una expresión triunfante e íntima le invadió como siempre cuando complace a un hombre de esta manera…

El coche entró por un camino de piedras más despacio, no se oía nada, sólo la música.

Entonces paré.

-Quitadle la mordaza y dadle agua a la puta pero no la desatéis ni le quitéis la venda.

Acto seguido se bebió medio litro de agua y fue secada con cierta ternura por esos dos hombres.

-No puedes hablar Sara, no quiero preguntas. No molestes.

Estar así le ponía, además como aún estaba en estado de shock aproveché para recomponer su cabello alborotado.

El coche paró y se bajaron sin decir nada. Nosotros continuamos solos unos 15 minutos más…

Los quince minutos de trayecto hasta el destino fueron un continuo de insultos hacia ella que aún tenía las manos llenas de semen. Miraba sus lágrimas caer por las mejillas y empapar el pañuelo que tapaba sus ojos mientras le decía lo puta que era y lo mucho que me había hecho enfadar por no haber hecho lo que se le estaba pidiendo. Le dije que lamiese el resto de semen de sus manos justo antes de llegar a nuestro destino.

Salí del coche y abrí la puerta trasera. Una humedad enorme quedo marcada en el asiento donde el coño había sido maltratado. Tire de su brazo y saque su cuerpo tembloroso aún del coche. Metí la mano entre sus piernas y comprobé que la muy zorra estaba empapada y su coño ardiendo. Le puse el collar, una mordaza y la correa y comencé a caminar tirando de ella mientras tropezaba. Subimos unas escaleras y una puerta grande se abrió. El silencio nos envolvió y el sonido de sus tacones resonó con intensidad. Bajamos unas escaleras y con cuidado llevé mi mano hasta el collar. Me pegué a mí putita para que no tropezase. Abrí una puerta dejando caer los cerrojos con fuerza y en cada golpe sentía su temblor.

Sus piernas temblaban y su coño también porque estaba dejando escapar mi flujo por sus muslos. Entramos en una mazmorra con una tenue iluminación. Nos paramos y abofetee fuertemente su cara haciéndole saltar las últimas lágrimas que recorrían su cara. Últimamente putilla no te estás portando muy bien. Se lo de tus escarceos, lo de tus fiestas y de cómo sales a follar sin mi consentimiento. Hoy vas a pagar por todo eso, le espeté en su puta cara. Levanté ligeramente el pañuelo para que viese mis botas. Gimió al hacerlo y una oleada de bofetadas arrasó su cara. Se corrió en mis botas y le obligue a lamerlas mientras gozaba como la perra que es.

Cuando terminó, levanté su cuerpo y lo até a un potro, con los brazos en cruz, la cabeza alta y las piernas separadas y flexionadas. Le quite el pañuelo para que pudiese verme, con el torso desnudo, un kilt en tonos azules y grises, unas medidas color crema y las botas empapadas. Mi perra abrió la boca para hablar pero una hostia hizo que se callase. Agarre su cara y dirigí su mirada a una mesa mientras le volvía a poner la mordaza que le había quitado para lamer mis botas. Sobre la mesa había una pléyade de instrumentos, látigos, dildos, dilatadores anales, varas, cuchillos, cera caliente, sogas.

-Todas y cada una de esas cosas las voy a utilizar sobre ti hoy Sara.

Tembló, como siempre que la llamaba por su nombre, mezcla de miedo, excitación y note como su culo ardía.

Giré el potro y puse su cara mirando hacia una chimenea ardiendo. Quería que la muy puta tuviese la cara igual de caliente que su coño. Elegí una barra fina de bambú y sin avisar, la vara provocó una marca indeleble en su culo y un grito ahogado por la mordaza. Tensó el cuerpo esperando otro golpe pero simplemente acaricié su nuca. Le susurré que la sesión sería muy larga y que el castigo iría creciendo. Eso era sólo el aviso de lo que iba a sucederle. Volví a ponerme delante de ella y me saqué la polla para viese como me la meneaba tan cerca de su cara que olía mi sexo como una perrilla en celo.  Mordía la mordaza deseosa de que fuese mi verga la que tuviese entre sus dientes. Me quité el kilt para que pudiese verla en todo momento y volví a mí mesa. Agarré un gato y lo acaricié suavemente antes de empezar a lacerar la piel de su espalda y sus piernas. Mientras con una fusta daba golpes secos y suaves en su coño empapado y completamente abierto. En cada golpe empapaba la fusta que luego recorría su cara. Con la vara de bambú aún sonando en el aire empecé a apretar su clítoris sacando gemidos y gritos a partes iguales. Agarré un vibrador y lo puse a máxima potencia, introduciendo en su coño el aparato de una sola vez al tiempo que le asestaba otro latigazo con la fina vara. El grito y el gemido fueron igual de poderosos. Así, y ya con la polla dura como un mástil y se lo hice saber pasando su punta a escasos centímetros de su rostro.

Sus ojos pedían la clemencia de poder saborear mi verga pero mi mirada le hizo saber que no iba a suceder.

-Voy a dedicar un buen rato a tu culo perra, voy a abrirlo tanto que mi puño podrá entrar en él y deseara que siempre este dentro de ti.

Desdice mi mano dentro de un guante de látex, mirando el polvo interior y ajustando cada uno de los dedos para que ni hubiese pliegues. Sara estaba totalmente entregada y dolorida así que me acerqué junto a ella y le susurré que iba a comenzar una pequeña pero intensa tortura. Iba a exprimir lentamente su coño, muy despacio, haciendo aflorar sus jugos y llevarlos hacia su culo, que perforaría con los dedos muy lentamente. Será desesperadamente intenso.Volví a ponerme detrás de ella y empecé a jugar con su coñito hinchado, haciendo círculos por el exterior de sus labios, pellizcándolos y estirando suavemente al principio y con energía después. Gemía la muy zorra y la saliva empezaba a gotear de su boca y formar un pequeño charco en el suelo donde se reflejaban las llamas del fuego de la chimenea. Cuando había suficiente flujo lo recogía con los dedos y lo deslizaba hasta su ano que se contraía y se cerraba por el deseo desesperado.

Los dedos de látex empezaron a perforar su culito, primero uno hasta el fondo sintiendo sus músculos en tensión y los gemidos cada vez menos ahogados. Saque el dedo y el agujero se cerró tras él. Volví al coño a por más lubricante y casi no hizo falta hacer nada, rezumaba flujo y los dedos se empapaban. Volví al ano, con dos dedos y repetí la operación hasta que pude meter dos dedos de cada mano para empezar a dilatado lo suficiente y poder introducir un aparato especial. Regresé a la mesa y agarré el dilatador, acaricié su piel con él. Estaba frío, quería que sintiese el contraste del frío metal y el ardor de su ano que abría ya casi a voluntad. Llené de lubricante en aparato y empecé a meterlo por el culo. Su espalda se arquero y sentí como se corría de nuevo. Hipnotizado, me quedé observando los espasmos de su coño y como su culo presionaba más y más el dilatador provocando un orgasmo tan prolongado y placentero que empezó a sollozar y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas.

Para entonces mi erección era tan salvaje que el más leve roce hubiese hecho que mi leche fuese escupida en una oleada brutal. Me recompuse y me acerqué a ella, le propiné dos bofetadas, secas y duras que levantaron un nuevo gemido. Mi polla tembló al ver su cara. Volví a mi mesa y agarré la pala y sin mucho miramiento empecé a azotar su culo y sus muslos. La fiebre estaba cegándome y la calentura era incontrolable. Los golpes caían uno detrás de otro, sin intervalos de descanso y las marcas rojas empezaron a ser sanguinolentas. Paré y empecé a lamer su piel desollada, aplicándole mi saliva como calmante mientras me quitaba los guantes y empezaba a follarle el coño con mis dedos. Notaba el dilatador a través de las paredes de la vagina y las contracciones de su ano que llamaban a mis dedeos para que trabajasen con más fiereza. Y así hice, volví a perderme en el frenesí febril de mis deseos más oscuros y empecé a follar con tanta fuerza que mi brazo empezó a sufrir calambres y mi putita notaba que las embestidas hacían que las cuerdas arañasen su piel. Pero no tenía suficiente, se corrió tanto o más que las otras veces llenando mi brazo y mis rodillas de su corrida.

Dejé que descansara unos segundos, suficientes para quitarle la mordaza y darle algo de agua.

-No pare mi Señor, me dijo.

Sonreí, no tenía intención de hacerlo. En aquellos momentos mis huevos estaban tan cargados que notaba como mi leche pedía a gritos salir. Cambié la mordaza por una anilla, dejando su boca completamente abierta. Me levanté y le metí la polla hasta la garganta mientras comenzaba a follársela salvajemente. Su saliva rodeo el tronco de mi verga y sus ojos volvieron a ponerse llorosos. En algunos momentos dejaba la polla metida hasta la garganta provocando su asfixia y alguna  que otra arcada. En pocos minutos mi corrida llenó su boca y el semen empezó a resbalarse por la comisura de sus labios. Mi polla aun temblorosa estaba sobre su lengua que se afanaba en limpiar cada gota y tragársela como sabía debía hacer. Cuando la saqué, limpié sus labios con un dedo introduciéndole los restos para que pudiese tragarlos. Le quité la anilla y volví a ponerle la mordaza.

Ahora era yo el que necesitaba algo de agua mientras me relajaba hasta el siguiente envite.

Me senté en un sillón reconfortante cerca de la chimenea, con una botella de agua en la mano y la polla fláccida y aun goteando. Miraba a Sara, sudorosa, dolorida y complacida pero sólo en parte. El fuego iluminaba su rostro desencajado por el placer intenso y el sufrimiento controlado. Su nuca despejada era una invitación a recorrerla suavemente pero según los dedos imaginarios se acercaban a su culo, la suavidad se tornaba en violencia y los golpes volvían a restañar en la estancia. De su culo sobresalía parte del dilatador que a estas alturas debía haber hecho una parte del trabajo. Su piel, blanca estaba ya marcada por finas líneas rojas, su maquillaje corrido y esa imagen me elevó hacia los altares porque sus gemidos comenzaron de nuevo y me hicieron volver a la realidad, la realidad de que mis manos masajeaban mis huevos y mi polla volvía a repuntar.

Me levanté despacio y acaricié su nuca, y con unas toallas húmedas limpie su cara del maquillaje sobrante. Agarré el gato y acaricié con las puntas de las tiras su espalda mientras daba ligeros toques al dilatador, haciendo que soltase algún que otro gemido. Me coloqué entre sus piernas y gocé la imagen de su culo dilatado. Fustigué a mí putita con él mientras sacaba el dilatador dejando un hermoso agujero sonrosado que evocaba mi oscuridad. Escupí dentro de él y comencé a follarlo con cuatro dedos. El resto del lubricante se pegó a mis manos y facilitaba la tarea de exploración anal. Al tiempo, el gato caía con más y más fuerza sobre su espalda. Cuando su piel ya enrojecida empezaba a calentar la mía, pellizqué sus  pezones con unas pinzas a las que coloqué unas pequeñas pesas. Cuando se quiso dar cuenta mi puño estaba dentro de su culo, girando en un perpetuo movimiento y se cerró sobre él al soltar las pesas y estirar sus pezones. Para ese momento mi polla estaba dispuesta a taladrar su coño que llevaba unos minutos goteando en la punta. La embestida fue tan brutal que casi podía agarrármela con la mano que tenía en su culo. Sus gemidos de placer sonaban a música celestial y hasta el mismo diablo se pajearía al ver semejante imagen.

Nunca había sentido mi polla tan dura ni la había tocado con mi mano desde el culo de alguien. Mi puño estaba completamente dentro del ano de Sara y yo notaba como los espasmos de mi polla estaban a punto de derramar toda la leche. Mi putita no hacía nada más que correrse, orgasmos continuos, uno detrás de otro, sus lágrimas empapaban su rostro. A mí me embargaba el poder de un dios haciendo manar el líquido de la vida de su coño. No hay nadie más puta que tú, grité, adoro en todo tu esplendor, adoro tus pechos y tus pezones duros al ver mis botas, tu culo enrojecido por mis azotes, tu ano apresando mi mano, tus ojos sometidos a mi voluntad, tu sedienta boca deseosa de mi saliva, mi leche y mis besos y tu coño de zorra ardiente, terminé mientras me derramaba dentro de su cuerpo en un frenesí incontrolado y brutal. Cuando saqué la polla, la leche brotó entre sus labios. Me arrodillé para lamerlo. Saqué la mano de su culo, con cuidado. Un nuevo orgasmo llenó esta vez mi boca.

Me quedé sentado detrás de ella, viendo su ano dilatado mientras mi polla aun temblaba y su coño rezumaba mi leche. Gemía pidiendo más pero esta vez yo había terminado. Limpié su cuerpo, me limpié yo, me vestí, acaricié su nuca y le dije lo bien que me había complacido. Salí de la mazmorra y dejé entrar a los dos hombres que nos acompañaron en el coche. Habían venido corriendo a por la recompensa prometida, sudados y casi exhaustos.

Pero esa es otra historia.

 

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