¿Para cuándo una sesión, Señor?

Llevaba su mano, iniciando este camino tan complejo apenas hacía tres meses donde las conversaciones y los momentos intensos tenían altibajos. A veces ante mi presencia, otras veces en la distancia, sin embargo, había una constante que empezaba a tocarme un poco los cojones. ¿Para cuando una sesión Señor?

Repetía la pregunta casi a diario, no exactamente igual, pero casi, mientras sin intención de darle largas le explicaba que el motivo de querer tener una sesión era desahogarse de aquellos sentimientos que crecían rápidamente en su interior y desde hacía poco habían explotado. No era su juventud porque estaba cerca de la treintena, pero empezaba a ser preocupante esa necesidad de atajar un camino que debe ser muy pausado e intenso. Y ella entonces se preocupaba más de su sentir que del sentir del conjunto. Me explicaba que hablaba con otras sumisas o aspirantes a sumisas y yo sonreía ante semejante gilipollez, explicando que una sumisa es o no, pero no aspira a ser. Ella torcía el morro, como si lo que yo decía fuese algo que no constataba con todos aquellos con los que hablaba. Me preguntaba por qué le dejaba hablar con otros dominantes y yo le decía que no hacía distinción entre dominantes y no dominantes. Son personas y eres libre de hablar con quien te de la gana. Pero eso a ella le volvía a sonar a chino. Entonces me daba cuenta de que no estaba enseñando bien, que se desviaba porque deseaba tener algo inmediato, sentir y fardar de esa experiencia que otras conocidas o tan conocidas habían ya experimentado en tan solo un par de semanas.

Me extrañaba la ligereza con que ella se tomaba aquello, en cambio no me sorprendía que otras, bucenado en Fetlife o cualquier otro lugar, se introdujesen sin ningún miramiento en el sórdido mundillo del amarre y la hostia sin complejo. Veía que con palabras no ibamos a ningún lugar, asi que viendo por donde iban aquellos derroteros, le expuse un simple principio.

Quería una sesión, La tuvo. Probablemente nunca lloró tanto, nunca sufrió tanto, nunca entendió que el desprecio no está en los hechos sino en la mirada del dominante. Las palabras solo son edulcorantes o potenciadores de emociones, pero la mirada puede suponer el mayor desprecio que alguien puede soportar. Nunca tuve prisa en follármela, las horas estaban en mis manos porque el tiempo comía de ellas, pero ella, tragando saliva y lo que no era saliva, intentaba aguantar. Ella pensaba que estaba enfadado pero no era así. Le expliqué que en una sesión uno no puede estar enfadado, ni borracho, ni drogado, ni alienado, porque tiene que estar al 100% pensando en lo que hace, como lo hace y porqué lo hace. Y de la misma manera, la sumisa, para poder entrar en ese subespacio, debe estar segura de lo que desea, cómo lo desea y con quién lo desea, porque esa entrega le hace dar todo lo que es para que el dominante haga lo mejor para ella.

Empero, aquello, le expliqué, distaba mucho de ser una sesión. Tan solo era lo que yo deseaba que fuese, un disfrute sin más, donde ella era un mero objeto que me importaba bastante poco. Ella quería una sesión, pero en realidad lo que quería es lo que creeis que es una sesión. Esto lo puedo tener cuando quiera y con quien quiera, le dije. Y veo que es lo que tú también quieres. Solté las cuerdas, la mordaza, limpié su cuerpo y le abrí la puerta.

Espero que haya encontrado lo que deseaba.

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