La cuerda

Que extraña fascinación pensaba mientras observaba las circunvalaciones casi perfectas, enlazadas y dispuestas de aquella manera tan ordenada. Sonaba de fondo The Rope con ese aire hipnótico que siempre tenía Hurts. Mientras se abotonaba la camisa negra y los dedos se deslizaban de arriba a abajo sentía el tacto rugoso en su mente. Esa relación estrecha que siempre había sentido con aquella herramienta desde fuera se hubiese advertido como veneración aunque quizá, se dijo sonriendo, se acercaría más a la locura. No era folclore se decía así mismo, tampoco una forma de vida. El socarrón que llevaba dentro le hizo carraspear ante la imagen de aquellos que aseguraban que su comportamiento era errático y fuera sin duda de los convencionalismos sociales. ¡A la mierda! espetó en voz alta cuando acarició con la palma de la mano el torso envuelto en el algodón negro. Odiaba los protocolos, los propósitos de enmienda, las gilipolleces anquilosadas en palabrería, y odiaba las corbatas, tan asociadas últimamente al “rollo”.

Aún así, ella le decía siempre que un poco de compostura le venía bien y que la corbata le quedaba estupenda. Frente al espejo se veía extraño pero con el brillo en los ojos característico. Sus consejos, siempre desde la prudencia los recibía como debía. Ella pensaba lo mejor para él y era lo suficientemente inteligente para no forzar la situación, así que aprovechaba cada oportunidad que tenía para llevarle a su terreno. Y él se dejaba, una de cal y otra de arena pensó. De negro impecable, incluso en los ojos, con los zapatos brillando como lejanas estrellas, apretó el cinturón minimamente y deslizó la americana por sus hombros. No le gustaban los trajes, pero tenía buen gusto para elegirlos y siempre que lo hacía tenía que escuchar aquello tan manido de “tiene usted buena percha”.

Pero allí estaba su otra amante, sobre la mesa, esperando, delicada y paciente a que en algún momento fuese desatada, estirada, anudada y embadurnada de flujo que tarde o temprano curtiría sus hebras como la vida misma. Las arrugas ya afianzadas en la piel no eran sino una muestra mas de su talante férreo con cada cosa que hacía, con esa constancia que a ella le pareció inmensa e inmisericorde y que por ello permaneció a sus pies. Se tocó la barba e imagino otros dedos enredándose en ella mientras la cuerda hacía filigranas en el suelo al desplegarse en su totalidad. Quizá mas tarde se dijo. Pero ya en ese momento su mano mantenía firmemente amarrada la cuerda mientras los nudillos, blanquecinos por la presión se apresuraban a desear algo que golpear.

La música se fue apagando y la cuerda supo que aquella noche, quizá fuese otra gran noche. Quizá.

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