Armagedón

Cerraba la pluma ya sin tinta, dando por terminado el capítulo que aquel día le había llevado varias horas escribir. Sobre los pezones, un camino caracoleado de tinta negra se esparcía como los afluentes de los viejos ríos caudalosos del sur, intentando emular el vergel en el que aquel día se había convertido la piel, efímero papiro de la historia que aún había que contar. Desde su cuello se extendían vastas legiones de pequeñas letras, soldados inmisericordes que actuaban con cierto sigilo que despuntaban en sus clavículas, huesudas como los cerros de los viejos montes del norte y que a veces, eran olvidados en relatos del pasado. La costumbre de impregnar la piel con las batallas que más tarde iba a representar, borrando cada una de las letras, masacrando la piel y mezclando la negrura de la tinta y los pensamientos con la sangre púrpura, una y otra vez.

Cuando bajaba por la pendiente de sus pechos, a tropel con sus corceles de consonantes y sus arqueros infalibles se dio cuenta de la emboscada generosa de su escote y trastocó sus planes invocando con sus dientes una maldición que permitió que el vientre se abriese como el Mar Rojo, poder del báculo que otorga la simiente clavándose en las entrañas ardientes y haciendo que los pechos, hinchados y la espalda arqueada, aplazase la justa que la pluma tenía con la luchadora piel. Cuando las aguas volvieron a su cauce, la tinta inundo el páramo de su abdomen, rápida, precisa y febril, como si de forma inconsciente estuviese descubriendo el destino final, el infierno líquido de su entrepierna. Pero no podía despistarse, la tinta cada vez menos espesa por el calor se sentía atraída por la inmensidad de la belleza que poseía el centro del abdomen. Hipnotizada corría en pos de ser engullida y él entonces sonrió. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Una parada en el camino, un oasis para poder seguir describiendo con detalle cada dentellada, corte y golpe que haría que aquella historia escrita se perdiese en la memoria de los recuerdos. El ombligo sirvió de fuente, de tintero para conquistar las piernas, esos caminos largos y sedosos que uno podía recorrer una y otra vez sin apenas cansancio.

Cuando terminó, se apartó para poder observar su obra, levantó la cuerda y extendió los brazos levantando el cuerpo y dejando ante sí la belleza impía que sería ofrendada para apaciguar su oscuridad. Leyó en voz alta las palabras que ya estaban grabadas en su mente y después fue borrando con sudor, saliva, sangre y semen, acallada por los gritos, suspiros y gemidos, lágrimas, todas suyas, toda su posesión y por último, el aliento exhalado cuando las manos apresaron su cuello mientras la follaba poseído por aquel bello recuerdo.

Ella quedó limpia, porque para ser salvada, alguien tiene que pagar por los pecados. La tinta ahora recorría el cuerpo de él, impuro y sacrificado, arrodillado ante la belleza de su armagedón. Cuando las cuerdas cayeron al suelo, la mano pacificadora de su alma acarició su cabeza y ella se quedó a su lado, porque prefería ser su pecado que su salvación.

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