Deja que te vea

Ven.
Entra.
Aquí.
No me mires.
Deja que te vea.

Sobraron las palabras porque todo el ruido provenía de sus mentes. Desde fuera uno pensaría que estaban absortos, nublados, enceguecidos pero desde dentro, la claridad era tal que uno podía otear el horizonte de sus deseos y darse cuenta de lo limpia que era aquella atmósfera. Él se sentía poseído y furioso, asestando golpes certeros con las manos que se convertían en delicadeza cuando era la piel los que lo soportaban. Ella, imbuida en un frenesí perpetuo tan solo tenía que gritar, gemir y disfrutar. Y así lo hacía.

Aquellos momentos eran sus momentos y poca gente podría entenderlos. Ella no sabía porqué tenía esos pensamientos pero le asaltaban sin misericordia mientras él, furibundo y tranquilo, desatado y acompasado, aniquilaba su existencia mundana y le regalaba un desafío completo cada día. Arrastraba su cuerpo por el suelo, como si de un juguete se tratase, lo blandía cual cimitarra flexible hasta que cortaba el aire y golpeaba con certeza cualquier lugar que se le hubiese antojado. Cada célula de su cuerpo se descomponía en un instante y se reconstruía un instante después, en el momento justo en el que el hálito se condensa en un gemido. Luego la sensibilidad alcanzaba cotas inimaginables, el placer y el dolor se confundían y se perdían entre la muchedumbre de sus gemidos. Él bramaba, escupiendo bondades y blasfemias mientras conquistaba una y otra vez las tierras de las que ya era poseedor. Nada ni nadie le podía parar.

Se perdía en la mirada de locura soterrada por el control. ¿Cuánta profundidad había ahí? se preguntaba ella queriendo llegar al fondo costase lo que costase. Y lo lograba o al menos, así lo creía. Un poco más cada día, un paso más esta vez, quizá con la punta de los dedos podré tocar el reposo de aquella mirada que inquebrantable, proseguía su camino, superando cada obstáculo que el cuerpo y la mente proponía. Y una vez terminada la conquista, cuando después de que la humareda de los fuegos de la batalla se disipase, podía observar que el páramo que existía antes del conflicto, se había convertido en un vergel frondoso donde los frutos estaban al alcance de la mano, de su mano. Entonces, alzando una de ellas, sonreía y decía:

Ven.
Entra.
Aquí.
No me mires.
Deja que te vea.

 

Wednesday

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s