La patinadora

Las rutinas a veces se hacen tan perseverantes que nos acomodan en el sillón, o en esa silla favorita donde reposamos toda nuestra suficiencia. Todas las mañanas hacía lo mismo y lo hacía sin pensar y milimétricamente controlado. Desde fuera seguramente sería visto como obsesivo, sin embargo, lo hacía con tanta naturalidad que para él era algo perfectamente normal. Lloviese, hiciese frío, calor o ventisca, a las 9,12 AM se sentaba junto a un ventanal allá donde estuviese y tomaba café. Nada más. Hoy el termo estaba como cada mañana esperando sobre su mesa. Observaba el trasiego de personas y vehículos, el griterío que a veces chocaba contra el cristal y rebotaba apagando las voces. Entre cerraba los ojos cuando el humo de los vehículos parecía empañar el cristal, mientras con cautela sorbía el café templado.

Sorprender no era tan sencillo como ella creía, terminaba siempre haciendo cosas que él pudiese esperar y deseaba poder sorprenderle al menos una vez con algo que ni siquiera esperase. Durante semanas habló y llevó conversaciones hasta situaciones tan absurdas y ridículas que a él le empezaron a dejar de hacer gracia. Aún así no desistió creyendo que por fin se acercaba a su meta, descubriendo eso que él apreciaría sin dudar. Era una locura, sin duda, pero también una gran divesión y este rol, una magnífica oportunidad para demostrarle que era capaz de improvisar y ser proactiva. Odiaba esa palabra, demasiado seria y fría para lo divertido que sería todo aquello. Se puso una camiseta blanca de tirantes, ajustada y una falda de vuelo cortísima y de color azúl. Las medias blancas con una franja del mismo color que la falda. Se apretó fuerte la cintura con un cinturón de hebilla ancha y se subió a los patines de cuatro ruedas.

Salió a la calle y patinó sin descanso escuchando los piropos y los improperios. Le hacían gracia ambos y por eso sonreía. Lo cierto es que esa sonrisa era más por ver su cara al presentarse que por otra cosa. Cuando llegó a la enorme puerta del edificio todo el mundo sonrió, cruzó el vestíbulo y se metió en el ascensor haciendo un giro perfecto mientras se cerraban las puertas y se colocaba la falda en una pose demasiado sexual. Entonces se dio cuenta de que estaba nerviosa. Cuando el ascensor se abrió, observó que la puerta de su despacho estaba casi cerrada. Patinó hasta allí y giró la cabeza. Ella se había cortado el pelo, al estilo garçon y le quedaba genial. Llamó con los nudillos y pasó, sujetando la bandeja con la botella de Bulleit y un vaso ancho con dos dedos de bourbon. Dejó el vaso junto al termo de café y se arrodilló mirando al suelo.

La risa sonó cálida y desde fuera él era todo sonrisa. Estás como una puta cabra le dijo mientras acariciaba su cara y le daba un trago al vaso. Mi patinadora, has sustituido el Martini por un Bulleit. Y como siempre, me sorprendes.

 

Wednesday

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