Las manos en los bolsillos

Salió a la calle, el frío lo cortaba todo, cerró los ojos y exhaló. Los primeros pasos crujieron en el suelo helado, hasta que consiguío un buen ritmo sin resbalarse. Se abrochó el abrigo y se subió las solapas protegiendo el cuello del creciente viento que intentaba colarse entre su ropa. A continuación metió las manos en los bolsillos y aumentó el ritmo de los pasos. Tiempo de perros se llamaba. La lluvia arreciaba a mitad de camino, finas agujas de líquido helado que atravesaban la tela, la piel y la carne para instaurarse en los huesos que empezaban a envejecerse a pasos agigantados. En la barba, se formaron cristales blanquecinos pero ni por esas sacó las manos de los bolsillos.

Cuando llegó, la puerta estaba entreabierta. Se paró, empapado y sintiendo el calor saliendo de la casa através de la rendija que formaba la puerta. La ténue luz era una invitación cálida de que dentro se encontraría mucho mejor. Con la punta de la bota empapada empujó la puerta hasta que se abrió completamente. Pasó y cerró con el tacón. El golpe suave y seco de la puerta le despertó el olfato intenso del pachuli o almizcle, no pudo determinar. Caminó por el pasillo, con pisadas encharcadas en sonidos acuosos hasta que llegó a la habitación. La luz cremosa lo bañaba todo, incluido su cuerpo arrodillado y con las manos extendidas. En ellas, los guantes de piel que había estado buscando toda la mañana. Sonrió al ver la cadena que se unía a la argolla de su collar, no lo pudo evitar. Se agachó para coger el extremo y tiró de ella suavemente e hizo que levantase la cabeza. Le quitó el collar y lo dejó sobre la cama mientras acariciaba con la otra mano su cara. Ella se levantó y se pegó a él, empapado, sintiendo el frío humedo en la piel.

Agarró las manos con delicadeza y las sacó de los bolsillos, después desabotonó el abrigo y lo retiró. Acarició la barba empapada y fría, enredando los dedos en ella, perdiendose en ese misterioso pelaje que tanto le complacía. La secó con las manos y éstas con una toalla pequeña. Después la camisa, con pausa, botón a botón, como un recreo veraniego, desprendiendo la tela y dejando ver el torso. Anhelaba fundirse en él pero aguantó el deseo y la tentación. Colocó la camisa en el respaldo de una silla y volvió a sumergir la cabeza en el aroma de su piel. Se arrodilló de nuevo y le desató los cordones empapados de las botas, deslizándolos hasta que pudo sacar los pies. Repitió el proceso con la otra bota. Después los calcetines hasta que se quedó descalzo sobre el cálido suelo. Levantó la mirada pidiendo permiso con ella mientras dejaba las manos sobre las rodillas. Él aguardo unos instantes hasta que con una sonrisa le complació.

El cinturón era su momento favorito. Le costó darse cuenta del poder de aquella acción y más sabiendo lo que para ella siempre había supuesto el ritual de las botas. Pero poder quitarle el cinturón, era algo grandioso y se deleitaba cada segundo de aquel proceso. Desabrochaba la hebilla y cuando los dos extremos quedaban liberados, tiraba suavemente de uno hasta que el cuero se deslizaba horizontalmente. Cuando el extremo golpeaba el suelo, ella tocaba el cielo. Unió las puntas y se lo ofreció. Él lo recogió, como siempre, y lo mantuvo en su mano. Ella entonces volvió a mirarle pero esta vez no recibió una sonrisa. Con su otra mano agarró su pelo y la arrastró hasta la cama, donde tiró su cuerpo y lo dispuso, boca abajo y con las piernas abiertas. Dejó caer la punta del cinturón hasta que estuvo a unos centímetros de la piel de la espalda. Bajó, despacio, bajó, hasta que tocó la piel y la espalda se arqueó. Ella gimió, sutil, débil y él encamino el cinturón hasta su culo, donde lo recogió de nuevo.

Con una mano acarició su coño y levantó un poco las caderas, después pasó un dedo entre los labios y lo llevó hasta su ano haciendo un poco de presión, un entretenimiento, el engaño suficiente para no ver venír el primer latigazo del cinturón en el culo. Detrás de ese primero llegaron diez más, veinte, treinta. Paraba de vez en cuando y acariciaba la piel con las manos y a veces para su sorpresa, la besaba. Pero duraba poco, cuarenta, cincuenta, sesenta para volver a parar, acariciar y soplar la piel enrojecida. Setenta, ochenta, noventa. Cien. Paró.

Se levantó, fue a por los guantes y se los puso. Volvió a la cama y con una mano acarició las nalgas apunto de sangrar y con la otra mano apretó su cuello. Gracias por cuidar de ellos, le dijo metiéndole dos dedos en el coño hinchado y empapado.

 

Wednesday

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