A la luz de las cuerdas

Los días aun siendo iguales, eran cada uno un nuevo descubrimiento. Las tardes pasaron de ser alocadas y dispersas a tener un denominador común, él. Tan solo mirarle y escucharle era lo que había hecho convulsionar todo su mundo. En otros momentos hubiese pensado que estaba loca, posiblemente así fuese pensaba, pero que maravillosa locura. La silla estaba preparada, junto a la ventana, las cortinas, de lino blanco se mecían por la brisa que entraba de las rendijas por las que alguna vez se habían escapado los deseos y ahora, se agolpaban desde el exterior para entrar. El café humeante sobre la mesa y el cello preparado y limpio. No tocaba las cuerdas, solo la madera cálida que cada tarde vibraba y le hacía vibrar. Ella inmóvil se quedaba aguardando junto a la pared, medio desnuda todavía ardiente por el contacto de la madera. Observaba las cuerdas, tensas, robustas y recordaba las otras aprisionando sus sentidos para que no se escapasen de su piel en un intento de fuga que desde un primer momento estaba abocado al fracaso.

Él se acercó, observando sus pechos, uno y otro. Parecía que buscase aprobación mientras de ellos, de entre los pezones, colgaban los arcos de nuez de ébano y montura de plata. Mucho le costó entender que no eran iguales aunque lo aparentasen. No hay nunca nada igual le dijo una vez, ni siquiera nosotros en distintos momentos somos iguales, tan solo debemos aprender a elegir para afrontar cada momento, esa es la más difícil decisión. Entonces recordó cuando ella entre lágrimas aceptó ser suya y él abrazó esa entrega con un abrazo cálido y una sesión brutal. Deslizaba los arcos de arriba a abajo imaginando que los pezones sacaban esa música que solo tenemos en nuestros pensamientos y tan difícil es hacerla sonar. Notaba las cuerdas restregarse sobre las areolas, en un movimiento de celo sexual, frotándose mientras se lubricaban y un ligero ronroneo le hacía estremecer. Sin embargo, él, absorto en sus pensamientos parecía no darse cuenta de ello. Solo lo parecía.

Desprendió los arcos de sus tetas y se sentó. La distancia exacta si estiraba el brazo. Pasó la madera del arco entre los labios de su coño notando como el pulgar presionaba el clítoris. Después, lentamente lo deslizó hacia él empapando la madera y haciendo al final un ligero repunte del extremo del arco que hizo que se pusiese de puntillas. Siempre se sorprendió de la diferencia de longitud entre un arco de cello y uno de violín, pensando que el primero, al ser un instrumento más grande debía conllevar un arco mucho más largo. Se equivocó. Sonó Haydn y cerró los ojos sonriendo. Sabía que cuanto más alegre fuese lo que tocase más lento sería lo que hubiese pensado hacerle.

Sólo tocaba él pero en su cabeza eran sus manos, las cuerdas, la luz brillante que entraba por la ventana. Todo aquello era una orquesta, la que el tocaba y dirigía al mismo tiempo con un único fin, ella.

 

Wednesday

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