Bajo presión

Lo soportaba todo, sentía que tenía una capacidad de abstraerse del dolor para poder disfrutarlo que nunca llegó a imaginar. Él no tenía que convencerla, ni tan siquiera aleccionarla, lo hacía con tanta paciencia y perfección que para ella era algo natural. Un paso más, una vuelta de tuerca más, y en el recuerdo estaba el primer grito ante un azote severo, el primer sabor de su sangre lamida de los dedos de su dueño, la primera semana cuando el simple pensamiento de sentarse le hacían estallar las nalgas de dolor, los espasmos por la corriente eléctrica recorriendo sus músculos mientras los dientes apretaban con furia la mordaza, las  cuerdas enroscándose en sus pechos en una constricción constante, raspando la piel, pintando manchas púrpura sobre la superficie blanquecina. Las primeras agujas, el puño llenando su culo y dejando sin aire los pulmones, el látigo, ese instrumento infernal que había llegado a amar tras una cortina de lágrimas.

Se daba cuenta del tiempo transcurrido y se miraba al espejo, recorriendo su piel y recordando cada una de las marcas indelebles que había dejado en su cuerpo, asegurándose con ello que ese recuerdo no se perdiese en la inmensidad de las sensaciones de una vida. Se las acariciaba con las yemas de los dedos y se estremecía, viviendo de golpe e in situ aquel momento. Era sorprendente la viveza de aquellos recuerdos, como si prevaleciesen sobre los demás, en la cima del mundo, donde el dolor y el placer convivían en armonía y observaban complacientes el mundo que estaba bajo sus pies. Entonces miraba arriba y veía su figura portentosa por sus capacidades, capaz de ocultar el sol y dar la vida. Era eso lo que le daba miedo, entender que quizá un día ya no tuviese la capacidad de permanecer en aquella cúspide, ser la dueña de ese pequeño e inmenso mundo que él le había enseñado. Que la edad hiciese mella en sus reflejos, en sus sensaciones, en comprobar que la piel envejecida ya no le sirviese y buscase un nuevo territorio virgen que decorar y conquistar.

Apoyaba las manos en el espejo y sentía como los brazos temblaban ante la imagen del rechazo, de sentirse desplazada o relegada y recordaba siempre aquellas palabras que le dijo el primer día: “Tú eres tu propio enemigo, tus pensamientos, tus debilidades, tus miedos son los que te harán caer”. No lo entendía al principio, cuando la lozanía de su cuerpo y la tersa piel que él acariciaba preparándola para el castigo, se imponía a los pliegues que veía ahora en el espejo, al cansancio en la mirada, al tiempo y las acciones acercándose y tomando terreno que creía ganado para siempre. Lloraba más ante el espejo que por la acción de sus manos y se maldijo al darse cuenta de que como siempre, él tenía razón. Eran sus miedos los que le hacían flaquear.

La voz sonó profunda y cercana, rotunda, tanto que sus piernas temblaban cuando le hablaba así. “¿Cuántas veces te preguntas lo mismo ante ese espejo sin decir realmente la pregunta? Tienes miedo a pronunciarla por si la respuesta es la que esperas pero no deseas. Solo puedes hacer dos cosas, llorar eternamente o una sola vez ante la cara de lo que esperas”.

Ella se dio la vuelta e intentó esbozar una sonrisa forzada plagada de gotas saladas. “Sé que buscarás lo que ya no te puedo dar” dijo mientras bajaba la mirada. Él no se movió, ni contestó. Esperó unos instantes hasta que ella sollozó sin sentido alguno aunque esperaba una respuesta contundente. “Quizá no has pensado que igual soy yo el que ya no te lo puede dar. En cualquiera de los casos, yo sigo aquí”.

 

Wednesday

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