El viejo y el mar

La espuma de su boca rompía contra el casco de su dominación. Aquel día y desde el alba, brava, lo hacía con energía desde sotavento, con ese aire que de lejos parecía infantil y de cerca, enseñaba toda la energía de los años en los que había navegado sobre ella. Se limpió la cara del salitre y la piel de sus palmas, endurecida por el tiempo, la humedad y el roce, arañó dolorosamente el rostro. La sal acuchilló la piel levantada e incrustó en su interior un lacerante dolor que le hizo apretar los dientes. Miró al cielo y comprobó que el sol, incansable, estaba en lo más alto, ajusticiando las heridas y los recuerdos con un calor abrasador. Agarró el cabo y comenzó a tirar de él con todas sus fuerzas.

Los pies descalzos peleaban por no resbalar y perder el equilibrio en aquellos momentos trascendentales. Ella seguía empujando la embarcación hacia un naufragio casi seguro, los golpes mecían el casco como si fuese la nuez de aquel barquito chiquitito que hace mucho se hizo a la mar y ahora se había convertido en una goleta veloz y ágil. Los músculos se tensaban, dejando una mezcla de sudor y agua resbalando por la piel mientras tiraba de la cuerda y la vela se iba izando, despacio.

Ella, desde todos los lados observó la maniobra y conjugó los vientos y las aguas en pos de la destrucción. Una prueba más de que los hombres jamás podrían dominar aquel mar. Él sabía de aquella fuerza, no era la primera vez que la enfrentaba y conocía el fracaso. El sol, incluso iluminando como lo hacía, observador paciente y castigador, era un aliciente más para ver lo profundo de aquel océano de las que emanaba todo lo que él necesitaba.

Poco a poco, metro a metro, la vela subía, enderezando el barco, oponiendo energía que contrarrestaba la furia de sus aguas. Después, cuando el aparejo consiguió que el casco comenzase a cortar la espuma y a trepar por las crestas de aquellas olas salvajes, anudó el cabo, nudos perfectos y empapados que fijaron con energía y flexibilidad aquella guía. Entonces la goleta se elevó y se apropió de un territorio hostil y el mar, pasó de chocar violentamente contra el casco, a fluir con suavidad por aquellas maderas añejas pero sabias.

De pié, con el torso desnudo y las manos encallecidas, agarró aquella cuerda con la que había domado el mar y éste, había otorgado una paz arrodillándose ante su pericia.

 

Wednesday

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