Poco a poco -III-

¿Qué quieres hacer conmigo? El susurro llegó nadando plácido, disfrazado de canto de sirena, embaucador. Noto como los brazos finos se aferraban a su torso y los dos se empapaban del agua y del momento. Haré lo que me pidas, susurró de nuevo manteniendo la canción mientras el sonido del agua al caer, había desaparecido. Sentía la piel pegada a la suya, la flexión de los musculos, de puntillas, los dedos acariciando la espalda. Lo haré por ti.

Llevaba tiempo intentando comprenderle, pero le resultaba incapaz de darle sentido a muchas cosas, sin embargo, sentía que todo en él era puro magnetismo animal. Ella sentía vergüenza, incapaz de ver lo que él veía, vergüenza de desnudarse ante él, de sentir la mirada escudriñando su piel, como si buscase defectos y comprobase la calidad de lo que deseaba comer. Sin darse cuenta miraba hacia abajo, pero no por lo que él deseaba.

Cuando después de largas horas de conversación se aprendió cada uno de sus gestos, cuando la curiosidad que ella desbordaba por aprender de todo lo que le contaba, tuvo claro hasta donde podría llegar de una manera consensuada. El asombro por las historias, la repulsión por algunas de ellas, el miedo cuando inconscientemente hundía la cabeza en sus hombros y encogía las piernas mientras las rodeaba con sus brazos, las preguntas incrédulas. Todo ello dejaba clara  la baraja que había sobre la mesa. Y los naipes descubiertos era lo mejor que les podía haber sucedido.

Se dio la vuelta y pegó  su cuerpo al de ella. Tiró un poco del pelo empapado y ella le miró, con la boca entreabierta. Las dudas se disipaban. Miró sus ojos y sintió el contoneo cimbreante de las caderas, acomodándose al espacio, encajando las piezas de los deseos, los recuerdos y los hechos. Era su perfección, la mezcla de la ingenuidad y la curiosidad lo que a ella le hacía estar a su lado. Quizá eso no fuese suficiente, seguramente no se acercaría ni un ápice a lo que él deseaba, pero la elección ya estaba tomada. Vislumbró un futuro donde ella buscaría un animal más dócil, donde ella sintiese el futuro aferrado a su mano y no a la de otro. Pero el presente, era la maravilla donde él se sumergía, en esos ojos marrones brillantes como mil soles y estos susurros acompasados por el sonido de su respiración y mientras el presente fuese real, allí se quedaría.

Levantó las caderas y empujó el cuerpo contra la pared fría dando un golpe seco. Habrá tiempo  de que hagas lo que quiero, de que hagas lo que te pida, le dijo mientras descendía lamiendo el abdomen. Ahora, tengo sed.

 

Wednesday

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