Apaga la luz

Era menuda, siempre lo eran, de esas a las que un abrazo absorben, protegen y calientan. En sus brazos era una pluma con la que poder escribir poderosos versos, inquebrantables deseos y lujuriosos viajes llevados por el viento como una brizna en el pico de un halcón. Bajos esa piel y esos finos huesos se escondía una voz grave, un caminar firme, una seguridad aplastante que solo desaparecía cuando se acurrucaba en su pecho. Era madura y joven, un espíritu marcado por sus propias decisiones, una risa que envolvía una vida de idas y venidas, de batallas y escaramuzas sentimentales. Guardaba para sí lo más importante y compartía migas que eran suficientes para alimentar ejércitos.

Allí de pie, sonrisa frente a sonrisa, tacones frente a botas, almas gemelas que se respetaban, se adoraban por lo que eran no por lo que podrían hacerse, pero sobre todo, confiaban ciegamente en cada palabra y cada gesto del uno hacia el otro. No podía ser de otra forma. A su manera, ambos recorrieron un camino diferente para llegar a un mismo lugar. Desde prismas contrarios y vivencias quizá parecidas, se habían dado cuenta de cómo la vida trataba al individuo por sus acciones y sus decisiones, y la de ellos era estar ahora frente a frente.

Él hablaba, sentido y ella replicaba con originalidad y vehemencia a veces, dejando ambos que las carcajadas fueran el hilo conductor, un hilo que transportaba una corriente de respeto y de deseo fuera de lo normal. Le sorprendieron los singulares gestos de él, por inesperados pero no por no deseados. Gestos que no necesitan palabras de la misma manera que ciertas palabras no necesitan gestos. Por eso, la lejanía no era nada más que un éter por el que transitar esperando el momento, sin prisa.

Se agigantaba, quitándose con el dorso de la mano las impertinencias con una soltura que le hacía sonreír. Era guerrera, una guerrera que buscaba el jodido remanso de paz en el que tumbarse y disfrutar o que disfrutasen de ella, pero cada muro que derribaba esperando que por fin esa luz calentase su piel era un punto de inflexión, una cuesta abajo sin frenos que desgastaba sus deseos. Sin embargo, él, no era un muro cualquiera. Lo supo nada más verlo y lo atacó sin apiadarse, hastiada de tener que luchar siempre contra lo mismo. Las piedras de la que estaba construido se volvían contra ella, devolviendo cada feroz ataque con una salva de igual o mayor intensidad. Sin embargo, en lugar de desistir y claudicar, se venía arriba enardecida por el deseo y la diversión.

El muro caía cada vez que sonreían y eso era suficiente. Apaga la luz, porque lo de fuera es innecesario y quédate con el fulgor de todas estas risas.

 

Wednesday

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