Pies ligeros

El tiempo es capaz de destruirlo todo, o de hacerlo olvidar, de recordártelo permanentemente. A veces se agolpan las tres haciéndonos olvidar lo mejor y recordándonos constantemente lo peor. Cuando ella llegó, después de tanto tiempo, con ese deseo apasionado de la necesidad y la ausencia, solo esperaba los castigos de los que se había hecho merecedora, la dureza y la violencia, esa agresividad que él atesoraba en lo más profundo de su ser, el sadismo sabio que su piel deseaba disfrutar y padecer. Miró sus pies, descalzos y sintió un amor inquebrantable. Deseaba acurrucarse en ellos y quedarse allí para siempre, sin embargo, sin dejar de mirar al suelo, se mantuvo firme en su empeño y laxa en su cuerpo. La mano tendida subió despacio, acariciando la ropa y ella se perdía en los pliegues de la palma, observando la necesidad de cuidarlas, de suavizar la dureza que su vida le había proporcionado, de las arrugas del hastío. Los dedos acariciaron la barbilla y ella deseo cerrar los ojos para sentir la tormenta violenta recorrer sus huesos. Eso él lo sabía, pero como siempre, sabía más de ella que ella misma.

Acarició su pelo, tirando suavemente de él hacia abajo, una orden sencilla y contundente. Se arrodilló acercándose a lo que más adoraba y se hizo pequeña, llorosa como una niña perdida. Porque estaba perdida, perdida sin él, sin su abrigo y sin su protección aún sabiendo que siempre veló por ella. En su cabeza se agolparon todos los pensamientos, el del respeto y la rabia, el de la entrega absoluta y el odio por no tenerle siempre así. Sentía la caricia de sus manos en lo más alto de su cabeza y el calor que eso le proporcionaba, mezclando sentimientos y fuerzas. Por un lado la que anclaba su cuerpo y su mente a ese momento y por otro el que hacía que sus pies, ligeros pudiesen con todo.

Ese era su poder, el que tenía sobre ella y le otorgaba, agradecida de que aceptase ser lo que era y nadie más sería. La certeza de que su dominación no iría a otro lugar siempre que ella lo mereciese. El calor inundaba su pecho cuando el hablaba en susurros, susurros que acojonaban, engordando el sonido ante sus piernas. Entonces atrajo la cabeza hacia él, llenando sus oídos de hermosas y duras palabras, palabras violentas que hacían más daño que cualquier castigo. Comprendió de nuevo que la paz es necesaria para comprender la violencia y que solo en ese estado podría recibir lo que anhelaba. Él comprendía mejor que ella que para sufrir hay que estar en paz y para estar en paz, hay que tener los pies ligeros para saltar al vacío, el vacío que con su sola presencia él llenaba.

 

Wednesday

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