Naipes -III-

Comenzó en la espalda. Un pellizco, un susurro, una punción. Apretaba los dientes mientras echaba de menos la mordaza para morder con fuerza y que los gritos ahogados se quedasen orbitando por la bola de goma. A cambio, el grito siseaba entre los dientes mientras los músculos se tensaban. Él agarraba la piel como si ella fuese un cachorro o como las madres levantaban a los pequeños animales entre sus fauces para resguardarles en algún lugar seguro y cálido. Arriba, abajo, derecha, izquierda. Cuatro pinchazos, igual de dolorosos e igual de intensos. La voz sigilosa siempre tras de sí rotó hasta resonar frente a su cara. Hizo lo mismo frente a ella. Un pellizco en la piel y una punción sobre el esternón. Luego en el abdomen, junto al ombligo y otra a la misma altura, flanqueándolo como si fueran los guardaespaldas sanguinarios de aquel minúsculo agujero que tanto adoraba y en el que podía estar horas acariciando con los labios y la barba. Sobre los pezones. Dolía, dolía como un demonio pensaba y los dientes apretados hacían que las encías latiesen de dolor. Luego bajo ellos, más dolor. Le dolían casi más los músculos que las heridas y las palabras que el pronunciaba dejaron de tener sentido muchos minutos atrás. Pero lo cierto es que fue muy rápido, aunque ella y el tiempo no se llevaban bien en aquellas circunstancias.

Cuando vio la cuchilla tembló y él lo notó. Puso la mano sobre la su boca, suavemente. Un gesto tranquilizador viniendo de él, pero sus ojos decían lo contrario. La dejó a un lado y se colocó de nuevo tras ella. Le recogió el pelo con una mano, cerrando un puño y pasándole una goma que apretó con mucha fuerza. Separó tres mechones e hizo una trenza lentamente. Cuando terminó, ató un cabo al extremo de la coleta y el otro a una anilla colocada en la pared. Tensó lo suficiente para que la cabeza quedase inmóvil y todo el cuerpo estuviese erguido.

Ahora es la suerte la que juega, le dijo sonriendo. Recogió toda la baraja y mezcló las cartas. Hizo de nuevo dos montones iguales y los dispuso en el suelo. Elije uno, le pidió con las manos extendidas señalándolos. Derecha, dijo ella. Levantó la primera carta. Un cuatro de corazones. Él hizo lo mismo con el suyo. Un cuatro de diamantes.

Vaya, esto si que es bueno, rió. No te he explicado lo que va a suceder. Cada uno levantará una carta y si la mía es mayor que la tuya, la diferencia entre ambas serán los cortes que te haré desde una aguja a la otra. Si la diferencia es a tu favor, será el tiempo que te dejaré descansar en minutos entre corte y corte.

Le amaba, sobre todo por lo hijo de la gran puta que era y la sonrisa devastadora que le salía en cada uno de sus juegos sádicos.

 

Wednesday

 

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