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El cuero se ceñía alrededor del cuello. Estaba templado como la hebilla que situó sobre la tráquea. Tenía la boca seca y los labios ansiosos. Notaba el perfume abanicado por el movimiento del pelo y deseaba que le gustase. La camisa vaporosa rozaba la piel y los pezones desnudos transmitían el mismo deseo y vergüenza que sentía en aquellos momentos. No por deseado debía ser merecido. Nunca había sido detallista, quizá con el paso de los años había llegado a la desembocadura del desorden que podía tolerar y poco a poco había modificado ciertos hábitos. Entonces él la encontró y lo que creía que era cierto rigor, simplemente era pura anarquía. Cualquiera lo hubiese dicho cuando le vio por vez primera, tomando café, con los ojos cansados, frotándose las emociones de las manos en la cara. Parecía fuera de lugar, siempre lo parecía. Esa era la primera impresión, la de alguien que no está en el lugar adecuado o en el momento adecuado, alguien que de alguna manera transmitía ternura. Pero luego estaban los detalles, la libreta y el bolígrafo en paralelo, la taza del café en el mismo centro de la mesa circular, el abrigo perfectamente doblado a su derecha y la bolsa de cuero a la izquierda. Parecía añejo y desaliñado pero irradiaba aroma afrutado, suave, sencillo, limpio.

Se convirtió en el centro de la conversación. Había algo. No era guapo, ni vestía a la moda o con estilo, al menos no algún estilo acorde con esa moda. Tenía la mirada perdida en algún lugar o alguna persona. No tenía que ver con lo místico sino con lo inexplicable, una figura que sin motivo y sin saber por qué atrae como un imán. Ellas hablaban y él no estaba allí y eso era una invitación, una puerta abierta para asomar la cabeza y ver de qué trataba aquello.

No sabía por qué ahora se acordaba de aquello, mirando el reloj, esperando, notando por alguna extraña razón que el tiempo no es más que una cuesta irreversible en la que el segundero es esa mano que apoyada en la base de la espalda te acompaña y te guía para que no pierdas el destino de ninguno de los trenes que arrollan tu vida. A veces eran los segunderos que recorren toda la circunferencia sin un sobresalto, como si quisieran llegar corriendo antes que cualquier otro, saltando los segundos en un siseo, barriendo los sentimientos y las lágrimas. Otras veces, eran de esos que se paran en cada instante, saltando al siguiente, parando el corazón y la respiración haciéndote creer que no habrá un salto más, un segundo más. Pero si, es inexorable, el tiempo pasa, el mental y el físico y ahora sentía la presión del cuero en el cuello, la hebilla templándose por los latidos de sus venas cuando el sobresalto no llega con el segundero, sino con el sonido de las llaves girando una y otra vez.

El corazón se para, la respiración se ahoga. 23:57

 

Wednesday

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