Amalgama

Los sentimientos son pura convulsión en su cabeza. Inevitables, lo sabía. Huía de ellos por conveniencia y de vez en cuando, los acariciaba de la misma manera que se acarician las olas con los dedos cuando se navega, o se mojan los labios al beber con mesura. A muchos, a casi todos, los sentimientos les hacen sentirse vivos, aunque te maten. No pueden vivir sin ellos. A él, le molestaban, sentía que frenaban sus pasos aunque a veces esos mismos le hicieran levitar. Detestaba la sensación agria del dolor sentimental, de la opresión en el pecho, de la sequedad de la boca y sobre todo, de la mala hostia que se iba acumulando en su pecho emulando una cuenta atrás ficticia que derivaba siempre en una explosión de rabia.

Dentro de su cabeza había un altar, un remanso al que acudir para mitigar dolores que luego se agravaban por los propios recuerdos. Era lo más parecido a guardar la mierda debajo de la alfombra. No se veía, pero seguía ahí, esperando el momento menos adecuado para asomar la patita. El calor de las risas acariciando la nuca, el susurro de la voz en el oído, los dedos enredados y clavados en la cabeza. Cerraba los ojos y apretaba los dientes. Tanto control, se preguntaba, tanto control sobre lo accesorio para perder todo lo que le completaba. Era la rabia por un lado y la risa de sentirse estúpido las que se peleaban en su interior mientras por fuera, todo seguía igual.

Esa contradicción le debilitaba y entendía lo complejo que era seguir hacia adelante cuando un boxeador tan constante le castigaba el mentón y el hígado al mismo tiempo. Hubo un llanto, ahora ya lejano, algunas lágrimas, probablemente como puro desahogo, resquebrajando las paredes de aquella inmaculada presa sentimental. Pero sólo fue eso. Reparó cada día las grietas, conteniendo la presión de esos sentimientos que seguían bailando en el ring y le ponían contra las cuerdas una y otra vez. Respiraba, sonreía, actuaba, pensaba y mantenía a distancia los certeros brazos de la nostalgia. No le daba tiempo a mirar el cronómetro aunque se daba cuenta de que estaba aún en el primer asalto y casi no había empezado a sudar. Un combate duro le esperaba, un combate en el que si vencía a aquella amalgama de sentimientos sería con toda probabilidad a los puntos y donde había ciertas posibilidades de que el último beso, se lo diera a la lona.

Dare – Runaway

Wednesday

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