Observaciones desde la distancia -III-

Acabar con lo intangible, pelear con los puños desnudos, desgarrar con los dientes la rabia que supone sentirse incapaz. Cuanto más se apagaba menos herida se sentía, cuanto más se apagaba, más sentía los estertores silenciosos que él ahogaba en alcohol. Notaba como su camino de destrucción, a él arrastraba hacia otro quizá más violento y sórdido. Era ese dolor interior infinitamente más agresivo que el que él le proporcionaba por despecho, por enfado, por impotencia.

Entre sus brazos, cálida e inerte sintió que durante todo este tiempo había sido su dique, el muro que contenía el llanto y la rabia, la risa y el desenfreno y solo ella, tenía la capacidad de abrir las compuertas en el momento adecuado, siempre era el momento adecuado. Porque ella era la adecuada pensó demasiado tarde. Durante el viaje de vuelta a su hogar, volviendo para depositar la flor de aquel almendro junto a su familia, sentía que ella mantenía de nuevo el dique cerrado, dejando que acumulase tal cantidad de sentimientos que era incapaz de manejar, por eso miraba hacia el vacío, al océano espejado que había bajo sus pies en las siguientes mil millas. No quiso cenizas que se llevase el viento o deshiciese el mar. No quiso cenizas que se perdieran en la tierra porque a fin de cuentas era la única cosa que le mantenía arraigado a la tierra y quería que siguiese siendo así.

El poder que te confiere tu propio deseo es terriblemente esclavo. Las horas se eternizaban mezclándose con los recuerdos, convirtiendo las sonrisas y las esperanzas en desolación. Sin embargo, tras esa masa espesa de pesadumbre volvía su olor, el pelo sobre la cara, la nuca desnuda, la piel blanca, las palabras dóciles de entrega, la pura sumisión. Desde Nagahama hasta el monte Ibuki, una hora de silencio, sintiendo como se resquebrajaban las dotes sociales japonesas, mientras la madre, apretaba la mano como única demostración de pena, ardor, amor y agradecimiento. Se sentía en casa, ella estaba en casa y la tierra mojada por el aguacero que les recibió al llegar, facilitó el tránsito. Después, el abrazo de la madre, la mano en el hombro del padre y el sentir occidental de la pérdida, derribó el dique porque ella sabía, que aquel era el momento.

Se puede agradecer eternamente incluso cuando no se está.

*Gracias por dejarme contar esta historia.

 

Wednesday

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