Catálogo ejemplar de desgracias

Todo es divertido hasta que te tocan los cojones. Quizá no es la expresión más adecuada, pensó. Frunció el ceño disgustado mientras pasaba las hojas sin hacer mucho caso a su contenido. Entonces recordaba cuando leía las cartas que, en su memoria, se habían borrado, aunque el mensaje, seguía intacto. Se acarició el mentón en un gesto automático y habitual mientras veía los fondos perfectos, con cada cosa en el lugar adecuado y a la distancia perfecta. Los colores fluían entre recuadros y marcos vacíos de filigranas. Era tan aséptico que sentía un rechazo demasiado profundo. Sobre las imágenes, letras, números, precios. Cada uno con un tamaño y una disposición. Era milimétrico y, sobre todo, fácil. Facilitaba la tarea de buscar, de coger, de conseguir. Todo a la vista, para que, con un simple gesto, con solo alzar la mano, asir aquello que más nos complaciese.

Los dogmas, las normas, los preceptos y el formalismo. Todo masticado, catalogado, etiquetado y con sus correspondientes siglas y acrónimos. Guías anexas para entender todo lo anterior en una mezcla de inglés y español algo ridícula. Había tanto escrito, tanto camino inflexible que seguir que era difícil discernir qué había cambiado, en qué había quedado aquello que en su momento fue una novedad y sobre todo algo inspirador y que ahora se había convertido en un brutal catálogo ejemplar de desgracias.

Pensaba, mientras intentaba recordar sin éxito el contenido de alguna de aquellas cartas, en que las etiquetas pueden llegar a tener cierto sentido para dar una simple estructura a algo. Lo que no tenía ninguna razón de ser es como los individuos recogían los papeles asignados por otros y se los colocaban en la pechera, en la cartera o en las bragas. Y con ellas salía al mundo con una sonrisa, de ver a saber qué, para glorificarse ante los demás de las etiquetas impuestas por otros y de esta manera, poder aleccionar a aquellos que no las tienen, las desconocen o no han sabido darle nombre en ninguna circunstancia. Se volvió a tocar el mentón, notando que estaba mordiendo más de la cuenta.

Y los parias, aquellos a los que los catálogos solo les servían para apoyar el brazo, llegar un poco más arriba para alcanzar un vaso que por algún motivo desconocido pusieron en aquel altillo al que nunca acuden, como soporte de una cojera en algún mueble maltrecho e incluso, y esto le sacó una sonrisa, para hostiar sin compasión a aquellas que lo seguían a rajatabla por desconocimiento de sí mismas. En cualquier caso, prosiguió en su diatriba y abriendo la boca para destensar los músculos, todo eso ha dejado de lado lo pasional para centrarse en lo mecánico. Alguien en su cabeza le gritó, ¡la seguridad! Maldijo por la estupidez, como si la seguridad antes no hubiese estado controlada y consensuada.

Ahora, cerró de golpe el panfleto, si no estás ahí, no existes y si no existes no tienes criterio ni sabiduría. Menos mal que la ignorancia le permite hacer lo que hace. Se levantó sonriendo y recordando aquella carta que comenzaba: “Algo se ha roto entre nosotros y necesito que lo arregles porque este es el dolor que no puedo soportar...”

 

Wednesday

 

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