Mecida

El mar tenía su encanto y misterio. Cuando bramaba de noche, el sonido se agolpaba en las esquinas del porche. Se notaba el paso del tiempo por la madera desvencijada y la pintura agrietada en casi toda la superficie. Ella le decía a menudo que tenía que arreglarla y él asentía con un movimiento de cabeza y una ligera sonrisa. Sabía que no lo haría y aun así, se lo repetía cada cierto tiempo. Cuando la tormenta de verano se apaciguaba, el salitre lo impregnaba todo y la piel le escocía. Todo estaba relacionado, pensaba. La fuerza de la naturaleza externa chocaba con la fuerza asalvajada del interior y eso le reconfortaba.

Aquella mañana soleada y templada comenzó con el borboteo del café en el fuego. Se desperezó y descalza entró en la cocina. No había nadie. Retiró el café del fuego antes de que se quemase y se asomó por la ventana. Le sorprendió con unos auriculares lijando el suelo y pasando la mano para comprobar la suavidad de la madera. Las tenía llenas de serrín y algunas astillas se le habían clavado en profundidad. Le preparó una gran taza de café solo y sin azúcar y salió al porche. Se sentó cruzando las piernas junto a él y cuando se apartó los auriculares escuchó la mezcla del trino de los estorninos y la carcajada. Sonrió mientras agarraba la taza y le daba un pellizco en el trasero. Aún lo tenía dolorido y lo sabía. La risa se transformó en gritito de dolor.

Charlaron un rato mientras terminaban el café y apuraba la madera. El porche estaba situado frente al mar, a unos treinta metros de la orilla y la espuma que se formaba en ella rodaba hasta depositarse sobre ellos. Ella hacía pequeños gestos de dolor por el contacto de la sal en la piel, pero aguantaba con firmeza. Él se levantó y miró la calma del oleaje. Se arrodilló y le besó en los labios. Había ternura posiblemente en aquel gesto, pero ella sabía que cuando era así, el dolor vendría demasiado rápido. Por eso tensó los músculos. Entonces sintió como los brazos rodeaban su cintura y pasaban por debajo de las piernas. Levantó su cuerpo con facilidad y ligereza mientras le miraba sonreír. Le mataba aquella sonrisa de amor y dolor. Acurrucó la cabeza entre su pecho y los brazos y se dejó llevar.

Caminó los treinta metros que le separaban del mar y se metió hasta que el agua cubrío las rodillas. Entonces se sentó despacio y el mar hizo su trabajo. La sal se paseaba por las heridas y rasguños de la noche anterior quemando la piel y cicatrizándola al mismo tiempo. Se mordía los labios mientras flotaba, mecida por el mar y los brazos a los que pertenecía. El dolor entonces desapareció.

 

Wednesday

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