Al trasluz de las cortinas

Tenía esa cualidad casi infantil de disfrutar como nadie de las cosas más sencillas. Le gustaba jugar y que le viese jugar. Quizá no sabría decir cual de las dos le gustaba más, así que ponía en práctica ambas. Seguía todos los clichés, caminaba en bragas vistiendo alguna de sus camisas, descalza, casi correteando de un lado a otro, haciendo las cosas mal, tirando algunas cosas al suelo para luego mirar con picardía. A él no le importaba el juego, ni el acercamiento, ni el tira y afloja. Le gustaba oler su paso, la risa ahogada por los pellizcos, la tensión de las cortinas sobre la barra cuando ella tiraba con fuerza para no perder el equilibrio. Le gustaba su sonido.

Y era ese sonido, el que producía cuando deslizaba los pies descalzos por eso suelo o el de la fricción de los tobillos cuando se los anudaba, el del golpeo de los muslos contra sí en un vano esfuerzo de mantener la piernas cerradas, el de los grititos después de cada tirón de pelo, el de la sequedad con el que las mejillas resonaban en la habitación y el del aire exhalado de los pulmones cuando la presión en el cuello cesaba. El del gemido del dolor al contacto de las agujas y el gemido que salía de su boca al sentir la lengua empapándose de la sangre.

Las risas limpias y abiertas, salidas de una garganta inmensa que esconde en su interior grutas inexploradas llenas de preciosas piedras que ponía en su camino para tropezar una y otra vez. Para siempre le decía, como si fuera un diamante en bruto. El pulía, cortaba, limpiaba, pulía, cortaba y le enseñaba como innumerables caras tenían una sola vista. Las caderas encajadas, sin fricción, latiendo uno dentro de la otra, esperando como la quietud era capaz de producir gritos y las manos apretando su boca recogiendo las estrofas que componían los acordes de la misteriosa relación que tenían.

Todo ello enlazados entre el lino blanco que se oscurecía con el carmesí y el sudor, amarilleando la luz que se disipaba en sus pieles húmedas.

 

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