La mujer del pelo rosa y la nuca desnuda

Llegó nadando, huyendo quizá, clavando los dedos en la arena mojada, afilando los dientes en un roce entre ellos mientras el gemido ahogado se apagaba en la garganta. No miraba atrás por temor o por hastío, aunque eso, en aquellos ojos claros era imposible averiguar. Le picaban las cicatrices emocionales por la humedad y la sal y mientras se adentraba tierra adentro se erguía al unísono de su amor propio. Vasto entorno el que dejaba atrás y vasto paraje se abría ahora ante ella. Quizá el lema de no hay futuro para ti que tanto había escuchado fuese verdad. Si así lo fuese, tendría que descubrirlo por ella misma.

Tendida en la arena, junto al tronco astillado de una palmera que había vivido mejores momentos, intentaba recuperar el resuello. Le costaba respirar y le ardían los pulmones cuando tosía intentando expulsar la bilis que todavía hoy guardaba en su estómago. La calma se acercaba como la espuma, a golpes de viento y cerrando los ojos pudo tranquilizarse un poco. Nada fue como esperaba, nadie fue como deseó y sin embargo aún albergaba la esperanza de que aquello que le hacía ser como era fuese descubierto y cuidado como necesitaba.

Cuando abrió los ojos las luces de la noche se desperdigaban calle abajo, farolas amarillentas, algunas titilando como estrellas furtivas que le señalaban un camino. Tras de sí el jolgorio del que salió huyendo, apestada por un raciocinio incomprensible, por unas normas injustas y un desprecio intolerable. Aquél inmenso océano se le antojó precario emocionalmente, vacío y lleno de retórica. ¿No era más sencillo el adorno de la palabra directa, sin ambages, sin adorno? No era su lugar, no era su ambiente, no era de aquella gente.

Volvió a cerrar los ojos intentando eludir el sonido de ese mar tempestuoso y sentir la calidez de la arena fina, sabiendo que según se fuese alejando se haría girones la piel de los pies. A lo lejos divisó una barca, azul como el cielo y blanca como la espuma. La red se descolgaba por la popa y se perdía en la arena. Las manos hacían nudos rápidos, precisos y lógicos. Se extrañó de ese pensamiento. Lógicos. Se acercó y observó durante unos minutos. Aquel hombre no hizo nada por prestar atención. Concentrado en la tarea, afanado, seguía a lo suyo porque lo suyo era aquella red y no ella y nada le distraería de lo verdaderamente importante.

Entonces se dio la vuelta y miró al bullicio oscuro dándose cuenta de que era aquello precisamente lo que andaba buscando o al menos debía buscar. Quiso creer que ser el centro de atención le daba importancia. Viendo aquella red y aquellas manos lo entendió. Debes buscar y esperar ser importante y cuando eso suceda, serás la red que lo soportará todo.

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