El disfrute de cada cosa única

Wa

Los brazos caían con la misma ligereza que la seda del kimono que los adornaban. Los dedos, ágiles y precisos, colocaban los utensilios con dedicación y orden. El agua fresca rellenaba el mizusashi* y la tetera de cerámica estaba lista para recibir el Koicha**. El tiempo había desconchado parte del lustre y el blanco empezaba a perder brillo. A su lado y dispuesto uno tras otro estaba el bambú con el que batía el té, la cuchara y el paño de hilo, la tetera de hierro, el tazón. El cubo con el carbón ya incandescente esperaba al recipiente y las manos hábiles para comenzar el ritual. Junto a éste, el haiire*** con las cenizas húmedas.

El silencio solo se rompía por el choque de la cerámica, el metal y el roce de la seda sobre la piel. El crepitar del carbón cuando se resquebrajaba en brasas humeantes producía un hermoso sonido en aquella estancia de madera. Se acostumbró a mirar con detalle, aunque en aquella postura las rodillas clamasen por un descanso. Ella en silencio seguía acometiendo el ritual, sin levantar la vista. La belleza de lo sencillo, de la ausencia de los superfluo suponía una visión fascinante. Lo hacía casi a diario, quizá como terapia o no, quizá como tradición o quizá porque simplemente le apetecía.

Kei

A él, al principio, le hacía gracia la exigencia de lavarse las manos y la boca antes de entrar. Se sentía mucho más cómodo siendo el elefante en la cacharrería que la pluma acariciando el viento. Aquella fue la comparación que Natsumi le espetó la primera vez. Después ella encendía el fuego y le daba de comer ofreciéndole la comida junto con unos palillos ancestrales. Le daba poca importancia a aquello. Las primeras veces. Con el tiempo aquella devoción se veía de otra manera. El silencio era tan hermoso como ella. Las rodillas se acostumbraron con el tiempo como las de ella cuando se arrodillaba ante él. Observaba con tanta pasión que el deseo desaparecía al instante sustituido por el orgullo y la felicidad. Sabía que nunca llegaría a entender del todo aquello, pero adoraba aquel majestuoso y sencillo ritual.

Sei

Cogía la taza con la mano izquierda. Más de una vez le regañó por hacerlo al revés. Luego con la derecha, se generaba el equilibrio para poder girarla y beber del lado contrario a la parte delantera. Tragaba y limpiaba con los dedos por donde había bebido. El siguiente enfado tenía que ver con la reverencia. Antes de beber se pide disculpas por hacerlo primero, le susurro más de una vez. A él aquello no le acababa de convencer y a veces iniciaba una ligera discusión sobre el motivo de beber primero o no. Ella, a cambio, lo zanjaba con una mirada y eso era suficiente. Antes de dejar la taza había que volverla a girar para después levantarla de nuevo y admirar su belleza, pero él era incapaz. Los ojos siempre terminaban viendo a aquella mujer ligera y pálida que guardaba silencio incluso en los movimientos.

Jaku

Cada vez que la ceremonia terminaba, cada vez que los recipientes estaban limpios y de nuevo ordenados, cuando el carbón dejaba de crepitar siempre le preguntaba lo mismo: “¿Por qué si repudias el té persistes en quedarte frente a mí mientras lo preparo durante tanto tiempo?”

“Cuando yo te doy dolor y te enseño la sangre sigues estando a mi lado. ¿Cómo no hacer lo mismo cuando tú me enseñas el amor?” Aquella vez le saco una sonrisa capaz de eclipsar diez soles y en un horrible español le susurró, zalamero.

Wednesday

*Mizusashi – Jarra donde se pone agua fresca
**Koicha – Té espeso
***Haiire – Recipiente donde se colocan cenizas húmedas.

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