Posdatas

En esos trazos iba su vida. La suya y la de él. Aquello comenzó con el entusiasmo de la sorpresa, de esa emoción diaria que produce un cosquilleo perpetuo. Las notas y los mensajes tenían ese tono de mandato sin sentido mezclado con el sentido del humor absurdo que a veces impregnaba sus risas. A veces era un chiste malo, otras un recado urgente, en alguna ocasión reproches sobre acciones indebidas o dejación en las tareas. Todas ellas impregnadas en el amor que sentían el uno por el otro. Durante un tiempo empezaban una epístola y cada uno aportaba tres o cuatro palabras que iban enlazando con misterios y dedicatorias. Igual era un halago como un impactante deseo que creaba emociones y alentaba la excitación que ambos sentían el otro por el uno.

Cambiaron los lugares, cambiaron los países y ellos también cambiaron. Todo ese devenir emocional, fluctuaciones de distancias corporales en las que el amor se mezclaba con la desidia, la pasión con el rechazo, la vitalidad con el cansancio, conformaban la vida en sí misma. Se amaban y se odiaban y en sus cuerpos se apreciaba aquellas fases cambiantes como los estratos que marcan el cambio de eras, acontecimientos terribles que dejan cicatrices en la historia. Las arrugas ahora se abrían camino por sus pieles. En esa mezcla bizarra que pocos entendían cuando él destruía y luego amansaba, desollaba y a continuación curaba, marcaba para después besar como si fuera una reliquia atrapada en una urna a la que adorar.

Ella bebía de él, de su violencia y su generosidad, de la vehemencia y la ternura. No se explicaba como tenía aquel crisol de emociones en la misma mano, la mano que azotaba su cuerpo y le retiraba el cabello con delicadeza, la que durante años escribía mensajes cada mañana antes de irse o le contestaba los que ella le dejaba cuando regresaba. El pulso firme de la rúbrica, el pulso firme que tiraba de la correa imaginaria que mantenía el cuello erguido y el pecho inflamado. Ahora, el olor del café recién hecho llegaba desde la cocina junto al silencio de sus pasos, ausentes desde hacía al menos una hora. Guardando la cautela para no despertarla, como siempre, dejó el mismo mensaje que escribió muchos años antes, cuando ella era joven y él se acercaba peligrosamente a la vejez.

Sonrió y murmuró, Me too

 

Wednesday

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