La tala

La soledad deja aletargada la necesidad de compartir y eso, con el paso del tiempo, insensibiliza la conciencia. Los golpes resonaban huecos y compactos y se perdían con el eco en la profundidad del bosque, tan viejo y longevo como el hierro oxidado de su hacha. Las astillas saltaban en cada golpe y caían en la tierra en la que había afianzado su vida. Los pies clavados, las manos firmes empuñando el mango y deslizándose por el vientre hasta el talón para comprobar la firmeza de la cabeza. Los impactos certeros, arriba y abajo, dibujando en la madera una hendidura en uve sin dejar de realizar los mismos metódicos pasos. El sonido, tac, tac, tac, como el metrónomo imparable y constante se conjugaba con el crecimiento de la llaga abierta.

Detrás, la voz infantil le invitaba a que parase a beber agua. Él, sin darse la vuelta, sonreía y y gruñía en el lenguaje universal que indicaba que antes debía terminar. Notó a su espalda como se enfurruñaba y le hacía burla. ¡Cómo si no lo supiese! Y entonces reía por dentro y el corazón le explotaba enviando sangre más rápido a los músculos que aumentaban el ritmo de los golpes, haciendo que la bisagra fuese prácticamente perfecta. De vez en cuando deslizaba la mano por el corte notando la suavidad de la madera y lo punzante de las astillas y rebabas, que se clavaban casi hasta el hueso. Volvía entonces a gruñir dejando un reguero de sangre en la madera limpia. Se tapaba la herida después de sacar el resto de la astilla con un pañuelo y proseguía con el trabajo. Tac, tac, tac.

A punto de terminar se separaba del tronco mecido por la brisa y conectado por un hilacho de madera fragmentada que luchaba por seguir viva. Miraba alrededor, a izquierda y derecha y aunque lo había planificado con antelación, cualquier cosa podría pasar. Entonces ella se acercó, casi como la primera vez. Le pasó la mano por la espalda empapada hasta la cintura e intentó rodearla con el brazo. Le resultó imposible. Le tendió una botella que cogió con la mano vendada. Bebió primero y luego se acercó hasta el árbol aún con vida y vació el contenido sobre las raíces. Se quedó en cuclillas unos instantes y luego regresó observando la mirada de aquella mujer que llegó de manera inesperada.

Se quedaron mirándose el uno a la otra unos instantes. Él pensando en lo extraño de aquella situación, aunque hacía mucho tiempo que dejó de preguntarse por los motivos que ella tuvo para quedarse. Ella en cambio, seguía intentando desentramar los motivos por los que él dejó que se quedara. Sin mucho ruido ella le entregó las barras desgajadoras que él colocó en la bisagra. Aléjate, le dijo y le ordenó con la mano hasta que estuvo a una distancia de seguridad adecuada. Aléjate, escuchaba ella, jugando con la palabra, emocionada cuando tenía que pronunciarla para que él parase y evitar que se desangrase o que el dolor le hiciera desmayar. Aléjate se había convertido en la palabra más hermosa que podía escuchar.

Luego el resquebrajar de las fibras sonó como un trueno, antecediendo al sonoro golpe que el tronco produjo al golpear contra la tierra regada. Aléjate. Le hacía estar aún más cerca y más viva y la vida, junto a la muerte, caminaban de la mano por aquel bosque, por su hogar.

 

Wednesday

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