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Una nueva vida supone muchos cambios. Cambios tan brutales que a veces somos incapaces de darnos cuenta de cómo nos afectan a corto plazo. Ya se había acostumbrado a su nueva casa y desde el comienzo, se acercaba cada día a aquel escondite que se había construido el día antes de la mudanza. Miraba por costumbre y por respeto. Con cuidado apartaba el ladrillo sin que se notase que el movimiento cambiase nada. Allí, al fondo, pudo palpar con la punta de los dedos que dentro del pequeño saco estaba la llave. Volvió a colocar el ladrillo y se cercioró de que todo estaba como antes. Luego abrió la puerta y fue soltando todo mientras se iba quitando los zapatos y la ropa que le sobraba. Subió las escaleras y fue directa al baño. No hacía falta encender la luz. La claraboya era tan imponente que permitía iluminar las paredes blancas como si de ellas emanase la fuente de luz. Abrió la mampara y luego giró el grifo de agua fría. Hacía tanto calor que no podía imaginar el agua templada en su piel. El chorro impregnó de pequeñas gotas los azulejos haciendo que estos brillasen un poco más. Terminó de quitarse la ropa y se sumergió en el agua fría. Levantó la cara y el agua iluminada por el sol comenzó a empapar su pelo. Estaba fría y lo agradeció.

Aquellas duchas le permitían pensar en ella, alejarse de la rutina y acercarse a los pensamientos que él, cada día, plantaba como un jardinero en su mente. Sonreía sin darse cuenta y cuando por fin era consciente de aquella felicidad tan sencilla, el aire salía a borbotones por la felicidad. Frente a la ducha había un enorme espejo en el que hasta hace no mucho tiempo no hubiera recurrido. Los evitaba. Ahora lo veía como algo estúpido, pero antes, era la fragilidad de la infelicidad, de la inseguridad de su propia vida la que hacía que solo se mirase a los ojos y se mintiera. Todos nos mentimos, se decía de vez en cuando, todos abandonamos sueños para mantenernos despiertos y no caer por los precipicios de las emociones no correspondidas. Pero sobre todo para no tener que capear con los demonios no compartidos. Y esa había sido toda su vida. Se consolaba al pensar que la mayoría pensaba lo mismo o parecido. Ahora era diferente. Se miraba y lo que antes eran defectos se habían convertido en sus defectos amados. Lo que antes era rechazo ahora era motivación. Metió la cabeza bajo el agua y siguió sonriendo.

El ruido le devolvió a la realidad. Cerró el agua y escuchó los pasos lentos y firmes subiendo las escaleras. El miedo atenazó sus músculos y buscó la toalla maldiciéndose porque la había dejado junto a la puerta pensando en disfrutar de aquellos instantes. Se pegó a la pared húmeda y fría hasta que le vio aparecer por la puerta. Inesperado casi intangible, una ilusión que la paralizó por completo. Entonces él dejó la llave sobre la encimera del lavabo y con voz suave le dijo: “Estaba dónde te dije”.

Sin quitarse la ropa ni las botas entró en la ducha, agarró el pelo empapado y tiró de él lo suficiente como para que gimiese levemente. Empujó con sus manos el cuerpo hasta que se giró y le pegó las tetas contra la pared. Abrió el grifo y se empapó junto a ella. Tiró ahora más fuerte de su pelo levantando la cabeza para que viese la luz que entraba por la claraboya. El agua se mezcló con las lágrimas que besó con algo de rudeza pero que a ella le pareció una epifanía, la revelación de que aquel hombre era, es y será lo único que le mantendría en la luz y la llevaría a la oscuridad. El mordisco fue tan brutal que la sangre brotó imitando a la fuente en la que se había convertido su coño. Notaba la ropa empapada arañando su piel blanca y los dedos clavándose en la carne. Entonces abrió la puerta de cristal y la expuso a la imagen del espejo. Ella desnuda, mojada y entregada y él, simplemente su dueño.

Wednesday

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