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Odiaba el puto boken como amaba la mano que lo empuñaba. Siempre le pareció extraño que lo utilizase como fusta, como vara, como prolongación de sus brazos. Odiaba el ruido que hacía cuando cortaba el aire antes de golpear en su carne. Lo odiaba tanto que era la única herramienta que conseguía sacar unos hermosos quejidos y eso, él lo sabía. A veces usaba guantes, sencillos y lustrosos y con ellos puestos ella abría las piernas sin darse cuenta. Otras veces lo sujetaba con una mano y lo blandía con desdén antes de darle unos pequeños toques en las pantorrillas. Automáticamente se ponía de puntillas e intentaba huir torpemente antes de que agarrase su largo pelo y tirase de ella hasta poner el boken debajo de su barbilla. En esa especie de lucha ficticia en la que ella imaginaba como iba a violarla y él sólo gruñía porque no le gustaba cómo se había comportado. Era entonces cuando la tormenta caía de sopetón y contaba los moratones que iban a perlar su piel los próximos días. A veces soltaba el boken y cuando caía al suelo sonaba como un estallido impropio de algo tan ligero. Era un alivio, sin duda, pero sin él, las marcas tenían otro tono, otra fuerza y otro pesar.

Hay una parte del dolor que te mantiene alerta. Es la misma parte que prefieres no recordar y sobre todo no repetir. Es ese dolor que por mucho que desees sentir una vez que ha pasado, prefieres olvidar. Pero ese mismo dolor, proviene de una situación adorable y entonces el conflicto explota en tu cabeza. Miraba sonriendo como las venas de las manos se inflamaban cuando apretaba la madera. Allí podría haberse quedado toda la vida viendo como la sangre corría fría hacia sus dedos. Y aquella paradoja, el de la frialdad y el ardor que producían sus dedos en la piel era suficiente para quedarse clavada en el mismo lugar durante horas. Fría su sangre y su espíritu, calculador y preciso, todo lo contrario que ella. Y en esas estaba sabiendo que el castigo era inminente.

Se arrodilló frente a ella y volvió a sujetar el boken. Colocó la empuñadura perpendicular al suelo, miró hacia arriba y con un gesto le dijo que montara. La altura era asquerosamente perfecta y eso él no sólo lo sabía, sino que lo explotaba. Pasó rozando la madera con los muslos y flexionó un poco las rodillas. La punta del boken rozó los labios empapados y así se quedó unos segundos. EL flujo comenzó a deslizarse dándole brillo a la madera y ella comenzó a morderse los labios por la impaciencia. Un pequeño azote en el culo le dio la salida. Se introdujo el boken despacio hasta donde su coño dio el alto. Cabalgó al paso mientras gemía y él, desde el suelo observaba como la madera se iba empapando. No cambió de ritmo y aguantaba los temblores de las piernas por el cansancio y el incipiente orgasmo que estaba a punto de salir de su garganta. Él de vez en cuando le tiraba del pelo para que mirase al techo y no a sus manos. ella maldecía y entonces era obligada a detenerse. El gemido de disculpa era una vuelta al movimiento, a ese paso rítmico y perfecto que permitió llenar la empuñadura de flujo. Su sonrisa era la orden para que dejase irse en un trote primero y luego un galope perverso que desembocó en un grito animal.

El cuerpo dolorido, las piernas temblando y la lengua limpiando el boken eran la meta. Ir al paso era lo suyo.

Wednesday

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