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Sobre la venganza se pueden decir muchas cosas, algunas espantosas, otras ridículas. Ningún dicho es capaz de recoger un sentimiento inherente al ser humano, por el que se ha movido y ha avanzado a lo largo de la historia.

La sumisa es un tótem, el Sacro instrumento de la dominación y sólo puede generar respeto. A mi me lo infunde y por ello, su protección es vital. Cualquiera que vulnere este principio tan simple estará en el punto mira. Este se desvía cuando la ignorancia es la que se impone. En ese caso, miro a otro lado y aquí paz y después gloria. En cambio, cuando conoces su condición y su pertenencia y aún así insistes y manipulas para conseguir lo que no es tuyo, sólo tendrás frente a ti la ira y lo implacable de la venganza, sin prisa pero sin pausa.

La otra mejilla no estará disponible y todas las armas y herramientas al alcance serán desatadas en tu absoluta liquidación. Nada podrá pararlo, ni las excusas, ni el arrepentimiento, ni el silencio, ni que intercedan en tu nombre. Serás destruido, pisoteado y reducido a polvo. Seas conocido o no, tu destino será el mismo. Humillado en privado y en público, no podrás esconderte y todo el mundo conocerá tu puta cara, a que te dedicas y en que lugares se te pone dura con ayuda o sin ella.

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