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Pase el tiempo que pase y a lo largo de mi vida, siempre me han repetido la misma pregunta buscando la respuesta perfecta. Ésta nunca llega cuando se hace, solo cuando ya no es necesaria la pregunta. ¿Quién hará de mi lo que llevo en mi interior y necesito tanto ofrecer?  Aunque la dominación y la sumisión siempre se han movido en un ámbito underground (aunque podamos remontarnos históricamente a momentos donde ni mucho menos lo era) desde hace algún tiempo intenta asomar la cabeza y llegar de un modo globalizado a mentes no solo interesadas, sino necesitadas de esas sensaciones que contrariamente a lo que se suele pensar, están más arraigadas de lo que podemos llegar a creer. Algunos ven en este creciente interés algo perjudicial para el “movimiento”, otros en cambio una manera de sacar a relucir algo que siempre ha estado sometido al tabú social y sexual. En cualquiera de los casos, hay argumentos para estar a favor y en contra.

Desde mi punto de vista, voy a desmarcarme siempre, o al menos intentarlo, de la parafernalia y los artificios sobre los que está construido el mundo del D/s en occidente. Ya tendremos tiempo de hablar de como en oriente se tratan algunos temas y la diversidad de opiniones y propuestas que pueden aportar. De igual modo, intentaré, aunque creo que sin mucho éxito, no generar demasiado polémica y crítica destructiva por cómo se han introducido elementos desestabilizadores en el aún pequeño reducto del BDSM.  No todo el mundo es dominante aunque nos guste dominar. Y sí, lo escribo con minúscula, de la misma forma que cuando hable de amos serán denominados así, amos. El uso caracterizador de las mayúsculas para determinar en amo es una completa tomadura de pelo y solo un artificio para remarcar la diferencia considerable entre un amo y una sumisa aunque esta no sea suya. Distinguir un dominante de alguien que desea dominar es relativamente sencillo cuando lo tienes frente a ti. Las redes sociales, internet en general, ha desvirtuado esto hasta límites increíbles.

La palabrería se ha asentado en un estrato de incultura generalizado. Y cuando hablo de incultura no lo hago de un modo peyorativo sino con el conocimiento de causa que produce comprobar cómo muchas mujeres que sienten o creen sentirse sumisas son engatusadas por esas palabras que tienen un fondo vacío y una trastienda sórdida y repugnante. Pueden denominarse dominantes, incluso atreverse a auto proclamarse amos, pero todo ese castillo de naipes se cae por su propio peso, el peso de la ignorancia y el de la incomprensión.  Podemos detenernos y discutir sobre si un amo debe ser severo y castigador, incluso agresivo y condescendiente. Por poder, puede. También puede ser un saltimbanqui. Eso no le hace ser mejor, le hace enseñar lo que no es. De la misma manera una sumisa puede sentir fuertemente que lo es y no serlo simplemente porque desconoce la verdadera naturaleza de la sumisión. Y el error consiste en creer que esta naturaleza es única. No lo es, definitivamente.  Podemos seguir pautas, patrones y normas. Éstas son necesarias, sin duda, pero si creemos que son definitorias de cómo debemos actuar y sentir entraremos en una espiral de errores que provocarán un dolor y no sólo físico, considerable.

De lo físico ya hablaremos con calma. En muchos otros blogs se habla con claridad meridiana de la relación porcentual entre sumisas y dominantes. Cabe resaltar la diferencia abismal en número a favor de las sumisas. Las redes sociales por arte de birlibirloque han trastocado todas estas estadísticas y parece que han aparecido los dominantes que debían estar escondidos detrás de las pantallas de sus computadoras, tras las líneas de sus smartphones para reclamar por derecho sus necesidades de cazadores de presas fáciles. Las sumisas, como las gacelas no esperaban esta abrumadora cacería y como las presas embaucadas solo podían entonar cantos de felicidad por la cantidad de dominantes que podrían darles lo que de verdad ellas necesitaban.

La realidad es bien distinta.

 

Wednesday

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