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Los antiguos proyectores tenían su encanto. Aquel cine, ya escondido en la jungla de asfalto, gozó de mejores días, sesiones dobles y tardes memorables. El inconfundible sonido de la Victoria 5 cuando deslizaba el celuloide por entre las lentes, retrotraía a un pasado cercano y a una vida pretérita llena de aventuras y de emociones que fueron rellenando el inabarcable recipiente de nuestros recuerdos. Le quedaban pocos días y ellos lo sabían.

El calor del verano hacía estragos y la piel se vestía de sudor casi la totalidad del día. El aire ardiente que subía desde el pavimento levantaba con gracia la falda vaporosa estampada en vivos colores, recortando aún más su longitud. Los muslos, simplemente gozaban. Entraron al vestíbulo, pequeño y anacrónico, vestigio de un pasado mejor. El suelo, desgastado y turbio, se pegaba a los zapatos con el deseo de salir de allí y volver a tener el esplendor de antaño. La sala estaba vacía, como siempre en los últimos tiempos  y el olor a ambientador industrial quemaba la garganta. Él le agarró por la muñeca sin poner mucho cuidado en ello y tiró con fuerza mientras subían las escaleras hasta la última fila. No había amor en ese gesto, tampoco cariño, pero a ella le volvía loca aquella violencia contenida sabiendo que se convertía en un juguete para él. Las butacas estaban pegadas a la pared, una especie de repisa que abarcaba el ancho de la sala y que durante mucho tiempo sirvió para apoyar las bebidas y las palomitas, y sobre ésta, la ventana indiscreta por donde la luz del proyector disparaba sobre la pantalla. Ahora, en aquella penumbra, se veía una sombra moverse en el interior de la cabina. Tiró de nuevo de la muñeca e hizo que se subiera a las butacas y después, al altillo que las separaba de la pared.

Entre sonrisa y sonrisa, ella recordaba fragmentos de Black Snake Moan, sintiéndose a veces como Cristina Ricci, encadenada intentando expiar sus pecados. Las bridas que sujetaron los tobillos a los marcos de madera de las butacas hicieron de cadenas. Se cerraron comprimiendo la carne y el hueso y marcaron la piel cuando por el roce se levantó. El culo se apoyaba en la parte superior de la ventana cuando el tirón de los brazos le volvió a la realidad. Las bridas ahora atraparon las muñecas y las manos se posaron sobre los pies. Ambas extremidades unidas entre sí, las piernas abiertas y el culo expuesto. El interior de los muslos ya estaba a otras cosas cuando las luces se apagaron y el proyector se encendió.

La falda parecía una cortina sombría sobre la pantalla moviéndose con la ligera brisa del aire acondicionado. La luz parpadeaba mientras al fondo, Los rótulos dibujaban el nombre de Greta Garbo, El demonio y la carne. Él, sentado en la butaca que estaba debajo de ella, la observaba con la misma intensidad que a la película. Sólo tenía que levantar un poco la mirada para ver su cara. De su bolsillo sacó un pequeño cuchillo que sirvió para cortar las bragas ya empapadas y que luego tiró a un lado. Volvió a sentarse en la butaca, se desabotonó el pantalón y se sacó la polla, acariciándola lentamente. La ventana de proyección se abrió y el cristal tiró ligeramente del culo hasta que se despegó.

Los dedos acariciaron sólo un instante, lo suficiente para que las piernas se tensaran. Luego entraron de dos en dos hasta que los nudillos comenzaron a golpear el pubis. El coño se iba llenando y mientras se abría, se mezclaba el sonido del celuloide y la maquinaria con los incipientes gemidos. Intentaba mantener el equilibrio y cuando lo perdía, sentía la mano sujetando su cabeza. El olor del sexo le llegaba claramente y por detrás, notaba como la otra mano se iba abriendo camino en su interior. Las embestidas se convirtieron en brutales empujones de una mano que hacía las veces de ariete.

La saliva goteaba de la boca y en la pantalla, Felicitas bebía del cáliz en el que antes lo había hecho Leo. EL fino hilo cerró la unión entre el puño, el orgasmo y la mirada.

The End

Wednesday

 

 

 

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