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Adoraba como cuidaba su pelo, el mimo que le otorgaba sin apenas poner objeciones. Siempre pensó, después de ver Memorias de África, que el sencillo acto de que le lavasen el pelo, era uno de los actos más eróticos que jamás hubiese presenciado. Así se lo comentó un día mientras descansaban después de una severa sesión donde él utilizó su cabello como cable de unión entre el suelo y el infierno. Él sonrió y le dijo que algún día lo haría. Desde entonces, no pasan más de dos semanas sin que dedique su tiempo a cuidar lo que en derecho es suyo. Alisaba los largos mechones con un cepillo de suaves cerdas, blanco y de mango bastante grande para ella. Sin embargo, él ya lo manejaba con destreza. Aquel día, levantó sus brazos y unió las muñecas con una lazada rápida, enganchando el cabo en un gancho que bajó a una altura inusual. Ella se extrañó pero como siempre, esperó, mirando curiosa cada uno de sus movimientos.

Cuando vio el cojín hinchado soltó una risita de complicidad, pero su coño comenzó a empaparse inmediatamente. Antes de que pudiese abrir la boca, le colocó una mordaza para que de ella solo pudiesen escaparse gemidos. Eso pensó. Siéntate, le ordenó. Su voz le provocaba una extraña mezcla de angustia, placer y temor. Siempre encontraba la manera de sorprenderla y con el cojín ya lo había conseguido. El enorme dildo que sobresalía de la parte superior, entró en su coño tan suavemente que el gemido no pudo ahogarse en la mordaza. Él sonrió y levantó su barbilla con una mano. Te has equivocado de agujero le dijo con aquella sonrisa de perverso hijo de puta. Se levantó con otro gemido y dudó al sentarse sobre la magnifica polla de latex que adornaba aquel juguete. Intentó decirle que era demasiado grande pero en su mirada ya se había instalado esa parte sádica que tanto ocultaba y tan pocas veces había podido sentir. La bofetada le devolvió a la realidad. Se sentó despacio al principio y mucho más rápido cuando el cinturón tocó el suelo. El dolor fue terrible, la respiración se le cortó y tardó unos instantes en recuperar el aliento. Sentía su culo repleto de aquella cosa mastodóntica, de ahí su sorpresa cuando él le dijo que solo había hecho la mitad del camino.

Unos minutos más tarde, sus nalgas reposaron en el latex de la misma manera que el dildo se pegaba a las paredes de su culo, que latía deseoso de que le sacasen aquella monstruosidad. Las lágrimas caían por sus mejillas y los gemidos dieron paso a las súplicas. Sin embargo, él tiró de la cuerda y levantó los brazos hasta una postura demasiado estirada que hacía que todo aquello fuese algo grotesco. Acarició el pelo como siempre, con dulzura y se apartó hasta un cajón de un mueble cercano. En su mano llevaba un cepillo, algo diferente, más pequeño, metálico. Algunas veces le había castigado golpeándola con el reverso del cepillo y amoratando la piel de las nalgas. Esta vez no parecía que fuese a suceder eso.

Sin embargo, el dolor fue tan agudo, tan sorprendente, que tardó unos instantes en darse cuenta que lo que lo producía eran las púas metálicas del cepillo, que se clavaban una y otra vez en su piel, o mientras araban sus pechos marcando líneas sanguinolentas que teñían la blancura de escarlata. Los gritos se hicieron patentes y sus muñecas intentaban zafarse de aquella presa. Pero se dio cuenta de que él siempre hacía bien su trabajo, y mientras miraba sus ojos con el reflejo de su sangre, también entendió que el controlaba su dolor. Aguantó, todo lo que pudo, aguantó toda la sangre, todos los gritos, todo el sadismo que él atesoraba y que en escasas ocasiones necesitaba sacar. Cuando le quitó la mordaza y desató sus manos, ambos cayeron al suelo. El acariciaba su sangre, ella acariciaba su deseo y se miraban, intentando comprenderse en ese deseo sádico y esa capacidad de aceptarlo, de esa implicación de dolor y esa manera de soportarlo. No se hablaron, simplemente estuvieron, juntos, tendidos. Unidos.

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