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A ella le gustaban las cuerdas. A él le gustaba el acero. Cada uno disfrutaba de las cosas a su manera. Pocas veces ella expresaba lo que aquel roce y la consiguiente presión le trasmitía. Daba lo mismo que estuviera sobre el suelo o suspendida, balanceándose ligera a escasos centímetros del hormigón, la tierra o el tatami. Desde que era capaz de recordar tenía deseos, la atracción por ser atada fue tan poderosa que hacía todo lo posible para sentir que, sin ninguna duda, aquello era para lo que estaba hecha. En todos los países en los que estuvo aprendió, mejoró y disfrutó. Ahora, frente a ella y concentrado en tareas mundanas, le escuchaba gruñir mientras se rascaba la cabeza porque algo no salía como él quería.

Se veían poco y seguramente por eso mantenían una relación tan estrecha como poderosa. Al contrario que muchos, hablaban lo justo y necesario. Ambos eran callados, silenciosos a su manera y sobre todo, poco invasivos. Las horas a su lado eran más placenteras y cuando se sorprendían riendo se daban cuenta, al menos ella, de que el corazón le explotaba. Había perdido la cuenta de las veces que había dejado las cuerdas cerca, a la vista para que, en algún momento y por iniciativa propia las utilizase. Ella era paciente, una cualidad que él apreciaba y adoraba. Otro día será, se decía cada día.

A él las cuerdas no le decían mucho, se sentía torpe con ellas, sabiendo de antemano que ella era una auténtica experta. En los meses anteriores ella le enseñó prácticamente todo y aunque no lo reconociese, dominaba el cáñamo precisamente porque era metódico en todo lo que hacía, y en esto, no era diferente. Sin embargo, el acero, los cuchillos, los filos y lo que se podía hacer con ellos ocupaban mucho del tiempo en el que no estaba en la carretera. Cuando regresaba, se sentaba en el porche y jugueteaba con la navaja o el tantō, afilaba con precisión las hojas y los ojos le brillaban. A ella los cuchillos le daban miedo. Un miedo confuso porque la sangre no le impresionaba. Todo lo contrario.

Se conocieron con sangre de por medio así que era algo extraño el temor que aquel acero le transmitía. Imaginaba que era porque no le transmitía la tranquilidad de las cuerdas, de la misma manera que a él éstas no le transmitían la confianza del acero. Quizá era el único punto de desencuentro entre ellos. Sirvió el té y se arrodilló a su lado mientras él seguía con esos gruñidos que a ella le hacían tanta gracia. A su izquierda estaban las cuerdas, cuidadas y ordenadas. Con la mirada le invitó a sentarse a su lado y tomar el té como siempre. Cuando se sentó, en la mano llevaba la navaja y el escalofrío recorrió su espalda. Muchas veces pensaba en lo paradójico de su gusto por aquellos filos, las navajas y su barba larga y poblada. Daba gracias de que no se le ocurriese rasurarla. Le entregó la taza humeante. Apreciaba que tomase el té con ella sabiendo que lo odiaba. Esos gestos, esa deferencia a sus tradiciones le hacían diferente.

Charlaron de cosas intrascendentes mientras bebían. Siempre ese momento era especial, sin prisas, sin ninguna pretensión, podían ser lo que quisieran, pero siempre era todo más sencillo. Charlas sobre lo que había que arreglar, lugares que tenían que visitar, llenar la nevera o pagar facturas. El té era el momento de esas conversaciones en las que ninguno de ellos pretendía sobrepasar el límite de sus emociones y sus problemas.

Cuando terminaron, él se levantó, agarró las cuerdas y se fue a la parte de atrás de la casa. A través de la ventana le vio disponerlas, ordenarlas de una manera concreta. Pasó un par de cabos por la viga horizontal que soportaba parte del peso de la casa y siguió componiendo la maraña de cáñamo sobre el suelo. Al rato levantó la mirada. La excitación y la alegría inundaron su pecho y se acercó despacio, aunque deseaba salir corriendo hacia él. La siguiente hora saltó de lo terrenal a lo sensorial, levitando cada vez que él tiraba de una de las cuerdas, o apretaba el nudo sobre la piel. Se arrepentía ahora de haberse cortado el pelo en un arrebato de frustración y rabia porque ahora, hubiese sido una buena prolongación de aquella cuerda que colgaba en el centro de la viga. Las piernas flexionadas en el aire como si estuviera de rodillas a treinta centímetros del suelo y los ojos cerrados. El calor del sol se acumuló entre sus muslos y la piel blanca se sonrojó por la excitación y la alegría. Cuando abrió los ojos le vio observando su obra. Estuvo un rato sentado junto a ella, moviendo su cuerpo con las manos y comprobando que las cuerdas estaban perfectamente organizadas sobre la piel, los nudos lo suficientemente separados de las zonas peligrosas y todo en su sitio. Cuando todo estuvo a su gusto, le preguntó si estaba contenta. Ella gimió a modo de afirmación.

Fue entonces cuando sacó la navaja y cortó despacio las bragas de arriba a abajo. Sintió como el acero rozaba la piel del abdomen primero y luego el pubis. El escalofrío le encogió el estómago porque sabía que poco podía hacer. Cuando la tela se desprendió, su coño quedó expuesto, hinchado y empapado por el sentir que las cuerdas le provocaban. Fue entonces cuando se dio cuenta de que aquella inmovilización, aquella sensación de dependencia, aquella sensación de vulnerabilidad le excitaba tanto como las cuerdas. Notaba como el filo recorría los labios por fuera y se mezclaba el cosquilleo con la presión justa para que la piel no fuese cortada. Le separó los labios con una mano y con la otra dibujó letras alrededor del clítoris mientras ella, contra todo pronóstico gemía de placer y terror.

Aquello se alargó hasta que notó como las piernas empezaban a entumecerse. Bajó su cuerpo hasta el suelo y desató los nudos para terminar lo que había empezado con las manos. Cuando obtuvo lo que deseaba le dio de beber de sus manos. Esto es mejor que el té, le dijo y ella comenzó a reír como hacía mucho tiempo que no hacía.

Wednesday

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