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Se sentía algo extraña después de tanto tiempo. Era un hombre callado, sencillo, inteligente, asombrosamente calculador, pero se sentía bien con ello. Con el paso del tiempo su tolerancia al dolor había crecido mucho, pero con él había algo que no encajaba y no sabía el porqué. Él siempre desviaba la conversación cuando el tema del sadismo hacía aparición y le restaba importancia, pero algo ocultaba, estaba segura y eso la enfadaba. Esa falta de confianza le dolía mucho más que cualquier expresión física que había experimentado. Todo lo demás iba bien.

El runrún no se le iba de la cabeza y con la firmeza y el entusiasmo con los que había sido guiada, de rodillas ante él, le suplicó que le contase los motivos por los cuales jamás quería hablar de ese tema. Imploraba más bien. Durante un par de horas de tiras y aflojas entre ellos no se vislumbraba ninguna salida, hasta que ella simplemente dijo: «Lo necesito».

Él miró dentro de aquellos ojos lloricosos, esos que suplicaban algo desconocido como si fuese una necesidad. «No», contestó él. «No, si empiezo no podré parar y no hay nada que pueda hacerme parar. En esos momentos no hay códigos, no hay palabras de seguridad, no hay nada. No te oiré, no te necesitaré porque estaré yo solo. No quiero llevarte allí conmigo». Las palabras sonaron tan tristes como firmes, sin embargo, en su mirada se encendió un fuego que jamás había visto. «Estoy preparada», dijo ella. «Nadie lo está», contestó él.

Los días fueron pasando y el tema para él fue enterrándose, como siempre, mientras que, para ella, al abrigo del deseo, estaba a flor de tierra, escuchando los rientes de la necesidad, el gorjeo del morbo y la luz del sometimiento. Entonces hizo algo inesperado. Cuando llegó frente a él, le tendió la mano con un papel, un documento donde exponía al detalle los motivos por los que estaba preparada, sacó un cuchillo y se cortó en la muñeca, dejando gotear la sangre, sellando un pacto con él. Admiró su valentía, su entrega y le sonrió, pero dobló el papel y se lo devolvió. Ella sintió frustración, rabia e impotencia, pero se mordió la lengua esta vez. A cambio, cada día, durante los siete meses siguientes, se arrodillaba ante él cada mañana y le entregaba el documento que él le devolvía ya como costumbre.

Una mañana, cuando ella despertó, le encontró sentado junto a ella, con una bolsa de piel a su lado, las piernas cruzadas, observando. Después de un cariñoso buenos días él le dijo: «Cuando empiece, no podré parar, crearé una maravilla para ti, pero no podrás pararme hasta que la haya terminado». De repente una sensación de deseo y angustia atroces se precipitó en su cabeza y en su cuerpo, por primera vez tuvo dudas provocadas por el tono de su voz, diferente, igualmente penetrante, pero sin poderlo explicar diferente. Cuando abrió la bolsa y ella, desnuda, estaba frente a él, vio las agujas, pero se sorprendió al comprobar que no eran agujas quirúrgicas como otras veces. Entonces imaginó que las utilizaría para coserle los labios del coño y tembló. Luego su mente divagó y pensó que quizá le cosería la boca, y sintió cómo se desvanecía lentamente. Él se percató y le agarró la mano, presionando fuerte. Se levantó y fue a por la ropa interior que más le gustaba. Volvió con ella y se puso unas gafas que nunca le había visto. Enhebró hilo en la aguja curvada y le puso el sostén mientras en la boca sostenía la aguja. Cuando comprendió lo que iba a hacer se dio cuenta, tarde, del dolor tan brutal que iba a recibir.

Cosió cada prenda en la piel, atravesando a veces la carne para fijarla en su lugar. Ella lloraba de dolor y se sintió estúpida por no intentar averiguar, sin desear, sin saber, creyendo que cualquier dolor podría soportarlo. Él, sin hablar, le iba dando agua para evitar la deshidratación, líquidos llenos de azúcares para evitar bajadas de tensión, y limpiaba la sangre que goteaba para no manchar la ropa. De vez en cuando esterilizaba las agujas. Cuando terminó, cada prenda estaba cosida a su piel, inmóvil, se separó de ella y miró su cara, desencajada del dolor y del agotamiento. «Es la cara más hermosa que podrás tener —le dijo—, y sólo la voy a ver una vez. Déjame que la disfrute unos minutos». Los minutos fueron eternos, pero cuando se vio en el espejo comprendió lo que decía.

Tardó más en quitarle todas costuras y fue diez veces más doloroso. Al finalizar vio todo su cuerpo perforado, marcado para siempre, y lloró como nunca. El sacrificio de lo desconocido a veces tiene recompensas. Sin embargo, se preguntó: «¿Y si no supiese mantener el control?». Tembló sólo de imaginarlo.

 

Wednesday

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