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Las historias son posibles cuando dejamos de lado ciertos sentimientos que nos suelen desgarrar. Ajada y maltrecha, con las hojas garabateadas y dobladas, se mantenía firme y acumulando polvo desde hacía años. Dejó de escribir el día que todo se fue por el sumidero de la pérdida absoluta. Hacía meses que no reparaba en su presencia, aunque siempre sabía que estaba ahí, junto a un montón de cosas que le recordaban que todavía era una mujer entregada. Pero había perdido el objetivo de su entrega, había perdido la compañía que equilibraba su propia existencia. Y esa pérdida era la herida irreparable que hacía que se desangrara lentamente desde hacía tanto tiempo.

Cogió las llaves, se colocó el pelo y apretó los labios para fijar el rojo que no dejó de ponerse ni un solo día desde que ambos sonrieran en un gesto de aprobación que fue suficiente para afianzarla en la tierra. Cerró la puerta y el sonido retumbó tras de sí. Mientras caminaba y sin saber por qué, comenzó un repaso de las cosas que invariablemente había cambiado y se sorprendió resaltando aquellas que habían permanecido en sus rutinas diarias. Las rutinas, se dijo en voz baja. Una ligera sonrisa apareció en su boca, ahora oculta por la mascarilla.  ¿Qué hubiera pensado él de todo lo que estaba sucediendo en estos momentos tan atribulados y confusos? La pregunta se instaló y por aquellas mismas rutinas que durante tanto tiempo hicieron que fuera feliz, intentó darle respuesta. Meiko y ella, recordó, se alejaron en silencio porque no tuvieron un motivo por el que mantenerse unidas. ¿Se amaban? Seguramente, pero eso no fue lo suficientemente importante como la perdida devastadora del nudo que ataba sus pieles. No supieron cómo lidiar con la desaparición traumática ni tampoco como encontrarse de nuevo. Es posible que ambas pensaran que nada tenía sentido si él no agarraba sus muñecas o sus cuellos y les confería el verdadero lugar que les correspondía. No supieron, o no quisieron saber.

En aquella libreta llena de polvo estaban todas las necesidades que ella pensaba eran atribuidas por él y, aunque en cierto modo ella imaginase que la finalidad de escribir aquellas palabras era otra, no consiguió ver más allá de una sencilla orden. Y eran las órdenes lo que más echaba en falta, la necesidad de obedecer un sencillo mandato, encaminarse sin más a su sitio, acariciar su pelo y mirarse en sus ojos. Era todo eso lo que desde hacía mucho tiempo era incapaz de sentir porque el tiempo había abandonado toda esperanza de reencontrar la manera de volver a ser Sylvie, la mujer que en aquella librería descubrió lo que siempre había sido. Su voz y su sonrisa no se habían apagado, pero todo lo demás había desaparecido. Ya no creía que el tiempo iba a curar el dolor por haber perdido tanto y tampoco creía que fuese a recuperar nada de todo aquello, pensando además que tendría una vida tenue y anodina.

Sus pensamientos eran tan ruidosos que ocultaban el ruido de sus pisadas y del resto del mundo. Había caminado todo el paseo ensimismada en su pena cuando dobló la esquina y chocó contra una pequeña figura de pelo corto. Se pidieron disculpas mutuamente sin mirarse a los ojos y cuando lo hicieron el mundo volvió a pararse como cuando ambas eran inmovilizadas por las cuerdas y los nudos perfectos y se mecían ingrávidas ante los ojos de su dueño.

Meiko… Sylvie…

Y los años que habían pasado se borraron de un plumazo.

Wednesday