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Se acercaba a la espuma y dibujaba una fina línea, delante de sus pies, hundiendo la vara en la arena mojada y sacando en el extremo terrones de tierra pegados y que se iban descolgando como la vida misma. Entonces el agua, en un imparable movimiento, lento y firme, borraba el rastro que segundos antes dibujaba la orilla. Cuando el agua retrocedía, volvía de nuevo a marcar aquella línea que no era imaginaria pero de la que se podían imaginar muchas cosas. El agua, incansable, volvía a hacerla desaparecer.

Enfadado, marcaba con mucha más fuerza, guiado por la rabia clavando la vara mientras esta se doblaba, flexible y en lucha constante entre la fricción y la gravedad, el empuje y la resistencia, para terminar agitándose en el aire y desperdigando un montón de tierra empapada. La vibración se transmitía a sus brazos, cansados ya de hacer bocetos que creía indelebles pero que desaparecían en el chasquido de las olas acariciando la orilla, como si el mar fuese un crooner sentado en un taburete susurrando con voz grave lo irremediable y doloroso en lo que se convertía el amor.

El agua primero llenaba el canal, y él sonreía pensando que esta vez, aquella marca se mantendría firme. Pero el agua es paciente y constante. Tarde o temprano lo inunda todo y esta vez en el segundo envite, la marca volvió a desaparecer quedando al principio el recuerdo del rumor y después el deshecho de lo que uno cree perdurará de por vida. La furia arremetió contra la tierra en calma y la vara se clavó como nunca antes. El surco, profundo e impreciso se fue haciendo más y más difícil de controlar. Entonces la vara, cedió, dejó de ser flexible y se partió en varios trozos, astillando el recuerdo y la vida que se clavó en su propia piel.

El mar ni siquiera miró, solo borró de nuevo el recuerdo de algo osado e impropio y recordó una lección inevitable. Solo puedes dominar aquello que participa de ti, lo ajeno, te llenará de soberbia y borrará cualquier marca que puedas dejar porque las únicas que son indelebles, son las que te haces a ti mismo. El mar rugió, como si el Kraken hubiese estado observando desde el fondo toda aquella aventura.

Cuando ella se miró la piel tan solo vio marcas inconexas de algo que no había entendido, ni siquiera el dolor, que adoraba, era suficiente para entender aquel desastre. Recogió sus cosas y se fue mientras él aún seguía recomponiendo las partes de la vara diseminada por toda la habitación sin llegar a entender como había sucedido todo.

 

Wednesday

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