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En el instante que se tarda en llenar un vaso, descubrió como un mazazo lo diferentes que eran. Sintió como si un enorme puño agarrase su pecho y le arrastrase a toda velocidad hacia una multitud de recuerdos y vivencias. El tintineo del cristal cegó las emociones, sin más. En realidad ese momento era una recopilación de todos los porqués y todas las dudas que había tenido siempre. Algunas las había solucionado él, otras, con sus silencios, obligaron a que fuera ella quién lo hiciese. Le miraba en una mezcla de éxtasis e incredulidad, determinando su condición, lo que era y le había demostrado, pero allí, ante cualquiera, parecía otra cosa. Afable y bondadoso, pausado y con voz alegre, sonriente aunque no sabía a quién se la dedicaba. Siempre creyó que los dominantes lo eran en todas las facetas, lo mostraban más bien, eran algo distantes. Se debía a esa necesidad que el denominaba ridícula de buscar permanentemente la oscuridad, lo oscuro y violento. Hasta que un día le explicó que la violencia, la de verdad, se hace a la luz del día, sin sombras, porque esa es la que de verdad acojona. Lo otro eran artificios. Ella sin embargo reía por dentro.

Adoraba ese lado oculto y aparentemente sucio que en realidad tenía cierto esnobismo, las mazmorras, el terror psicológico, la afrenta al dominante y el castigo que finalmente terminaba reverberando en su piel y en su carne. Él despreciaba todo aquello. Estaba cansada de intentar entender el odio al ornamento, el porqué de su austeridad en lo superfluo y que a ella le entusiasmaba. Las explicaciones eran certeras, tenían sentido, pero eran palabras. Y ella sabía por experiencia que las palabras son las mejores sombras para ocultar carencias, inseguridades e inexperiencia. Él hablaba de luz, lo contrario de lo que siempre había sido todo e imaginaba entonces que no tenía la categoría suficiente como para denominarse así mismo dominante. Lo curioso de todo ello, es que nunca lo hacía. Luego, aparecía todo lo que ella esperaba, en el momento y el lugar que nunca hubiese imaginado.

Siempre de día, cegadora luz de violencia la que caía con tal fuerza sobre ella que era incapaz de pensar. El dolor era tan preciso, tan exacto, que el resto se iluminaba aún más. La sangre a veces salpicaba algún cristal, sangre que no sabía de donde venía. Cuando cortaba era tan sutil que el dolor tardaba segundos en producirse. Las cuerdas se movían como las serpientes y apretaban como grilletes de hierro oxidado. En aquellos instantes no se acordaba de las mazmorras ni de la presión psicológica. No pensaba, no podía, solo iba, con él.

Descubrió más tarde que las conversaciones posteriores, entre susurros y algún gruñido, pero en voz baja siempre, acunaban su mente devolviéndola a su ser, notando el escozor y el dolor de las heridas y rozaduras. Descubría entonces el dolor de las encías o las lágrimas que no recordaba haber derramado, el calor del acero que siempre le pareció frío, las manos suaves que antes fueron zarpas de oso y ahora limpiaban su cuerpo. La luz se iba atenuando y volvía a verle como antes, afable y bondadoso, pausado y con voz alegre, sonriente aunque no sabía a quién se la dedicaba. Esa contradicción siempre le pareció irreal. Hasta ahora. Viendo como vertía el agua en el vaso hasta casi rebosar, observando su brazo desnudo por la camisa remangada, su cuerpo grande y ligero, una sombra que recortaba la luz.

Toda la vida buscando lugares sombríos y la sombra que tanto anhelaba, era la propia luz. Tan necesarios y tan opuestos.

 

Wednesday

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