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No hace falta conocer los gestos ni los susurros, ni las vibraciones que entonan los deseos para darse cuenta de cuán especial es un vínculo. Más allá de lo excepcional de aquella mirada, pozas vistas desde el aire brillantes y calmadas, en apariencia no guardaban secretos. Al menos de los que sin cierto pudor se puedan contar. Sorprendentemente no había sorpresas que descubrir, seguramente porque los regalos que ya se habían entregado estaban abiertos desde hacía mucho, sin embargo, algo seguía agitando las aguas antes en calma. Reía temblorosa, no por nervios, aunque tampoco sabría explicar los porqués, en cambio las manos se calentaban por sí solas cuando se rozaban con la tela de la falda. Pensó durante un momento si aquel atuendo era apropiado, pero la idea se fue tan rápido como vino. A él le daría igual.

Olía bien, siempre era así, se acordó de la mandarina, de lo cítrico y desechó lo dulzón. No pegaba en aquellas circunstancias. Luego se sintió inmensa, aunque estuviera sentada porque los tacones hacían lo que tenían que hacer. Cruzó las piernas y notó el roce de su piel. Ordenaba las ideas de la misma manera que su escritorio, por colores. El azul aquí, el rojo allá, boca abajo, separados, justo así. Le conocía más por dentro que por fuera, justo lo contrario de lo que suele ser habitual y eso le permitió ir arañando las entrañas, rompiendo las fibras de los músculos, enjugar las lágrimas, sentir el acero y el cáñamo, notar la tibieza de la sangre. Todo desde dentro. ¿Cómo sería hacer el camino inverso? Bebió agua, mejor no pensar demasiado en aquello.

Abrió el bolso y buscó algo, luego se dio cuenta de que lo hacía para mantener entretenida a la imaginación. Cuando levantó la mirada le pareció ver el cinturón y el escalofrío no se pudo contener, la camisa por fuera. Bajó la mirada, no por cautela sino por curiosidad y sonrió. Allí estaban las botas cuarteadas y sólo por eso mereció la pena dejar que la garganta se secase un poco. Al volver a mirar hacia arriba ya tenía los ojos clavados en aquellas pozas que vistas desde el aire brillaban entre tanta oscuridad. Luego sonrieron los dos y se agarraron las manos. Rojo sobre grietas. En un instante sintió todas las cuerdas, toda la sangre, toda la violencia y la ternura que le había transmitido y esa sensación ya nadie se la quitaría jamás.

Hay mujeres que son singulares y eso las hace únicas

Wednesday

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