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What happens here, stays here.

Como si de un largo paseo por el Strip de Las Vegas fuese, a cada lado que miraban se sentían cegados por los irresistibles luminosos de neón. Sin embargo, aquellos carteles enormes no eran glamurosos aunque si efectivos. De la mano, caminaban la inmensa avenida, sonrientes, deslumbrados por ese nuevo lugar al que se habían decidido ir y descubrir. Novatos en una tierra indómita, donde el juego, fuese el que fuese, se tragaba las entrañas y las emociones de aquello que sucumbían a los cantos afables de las sirenas y piratas que poblaban sus calles.

No era Las Vegas, no, pero por la intensidad emocional, bien podría haberlo sido. Si te acercabas a las puertas de los antros descubrías las fauces hambrientas de las alimañas que sin ningún miramiento apartaban la figura del recién llegado para asomarse al escote y la entrepierna de la candidez. Entonces, los flujos, las palabras certeras pero engañosas, cual trilero experimentado, le hacían ver a él que la bola estaba en el lugar que deseaba para instantes después, darse cuenta de que había sido vapuleado por aquellos que se merendaban los pechos de su compañera. Cuando salieron, a duras penas, conseguían entrelazar los dedos, sin embargo, decidieron seguir adelante, recorrer con ánimo y estímulo el resto del camino, pisando las baldosas doradas. Las que les llevarían directamente a la ciudad Esmeralda.

Las baldosas sin embargo, esos adoquines dorados y tan luminosos como los neones, se ennegrecían a cada paso y los dedos, cada vez más separados entre sí, sin apenas tocarse. Cuando ella cayó por voluntad propia en las cuerdas bien tejidas de un experto crupier de la dominación. Cuando mezcló la grandilocuencia de las palabras con el sabor de la sangre y la inmediata entrega y él, su compañero de juegos, se deleitó ante la facilidad de sentir ante sus pies las rodillas hincadas con premura de una pléyade entregada que sin dudar, accedieron a darle aquello que deseaba en la otra.

A mitad de camino ni siquiera se miraron a los ojos. Había tanto ruido y confusión entre ellos, tanta luz negra y esquiva, que se perdieron mutuamente y sobre todo, perdieron de vista lo esencial de su compañerismo. El objetivo final de la unión y la sonrisa.

Pero no dejaron de avanzar, ya por separado. Cayendo y levantándose, perdiendo en cada mesa de juego todo lo que apostaban. Él haciendo suya a todas las que podía, sabía y se entregaban, daba igual sus necesidades y sus verdaderos deseos y ella, mancillada en cuerpo y alma, creyendo que esa era la mejor manera de sentir la dominación, en la carne, golpeada y amoratada, cortada y marcada para la eternidad de sus pasos.

El Strip se acaba, como todo lo que se comienza, queramos o no y cuando los neones de tinta y sangre quedaron atrás, cuando solo, con una sonrisa y un roce, hubiesen iluminado el cosmos entero, la luz se apagó.

 

Wednesday

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