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Desde abajo la vista era hermosa. Las contracciones le permitían vislumbrar las fibras de los músculos y el sudor, sacudido por la constante vibración, se iba acumulando en pequeñas gotas suspendidas de la piel. De vez en cuando, se levantaba y pasaba la botella fría por el abdomen que se contraía un poco más. El aire que entraba por las ventanas rotas se mezclaba con el siseo rítmico del vibrador y los interminables gemidos. Y todo aquello era suficiente para sentirse feliz. El pelo había perdido el nudo y ya deshecho se descolgaba en una cortina ondulada y perfecta. Abrió otra botella, volvió a sentarse sin dejar de mirar y sonrió.

Desde arriba la vista era hermosa. Las fibras de su carne se tensaban y destensaban al ritmo del acechante orgasmo que iba y venía con una intensidad asombrosa. El vidrio frío ralentizaba aquello unos instantes, pero poco después, la cascada de sensaciones volvía a precipitarse como el pelo que se había desenredado de aquel nudo rápido e improvisado que se había hecho antes de entrar en el vagón. Los gemidos se le escapaban como siseos, como gritos, y todo aquello era suficiente para ser feliz. Cuando él se sentó y abrió la botella alcanzó un éxtasis que flotó y cayó como una pluma.

No apagó el vibrador. Se levantó, le dio más potencia y lo pegó de nuevo a su clítoris. Las piernas temblaron tanto que temió que se descolgara de la cruz. Tiró de las ligaduras para comprobar que todavía podían aguantar y se arrodilló para sacar de su mochila un soplete. Ella miró de reojo y se acojonó. Ahogó una palabra unos instantes y él se percató. Le sonrió y acarició sus mejillas sonrojadas. Era su forma de decirle que no temiera o quizá todo lo contrario. Entonces volvió a correrse cuando prendió la llama.

Por favor – susurró para no contrariarle. Por favor – volvió a repetir. En un instante imaginó su piel quemándose bajo la luz azulada del fuego, luego sintió un tirón del pelo que le trajo de vuelta a la realidad.

No seas estúpida – rio a carcajadas. Soy sádico, pero para otras cosas. Colocó la llama en el extremo de un hierro y dejó que el metal fuese cambiando de color, del ocre oxidado primero, al rojo incandescente después para terminar en un blanco cegador. Ella comprendió y lloró. El miedo y el agradecimiento peleaban por ver quién derramaba más lágrimas, sintiendo que aquel viaje en tren tan sorprendente se había convertido en el viaje de su vida. Cuando levantó el hierro vio invertida la palabra y de nuevo la vibración, que no había cesado, la llevó al éxtasis que se mezcló con el dolor de la marca que abrasaba la piel y la carne de su costado izquierdo. El cuerpo se tensó y hasta que el grito, no se ahogó, la carne y el hierro fueron uno.

Wednesday

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